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viernes, 14 de mayo de 2010

Bajo una palapa

Bahía Concepción se caracteriza por sus bonitas playas y sus tranquilas aguas de un intenso azul turquesa rodeadas de desérticas colinas. Equipados con agua y comida para dos días, decidimos pasar dos días en dos playas diferentes. Lo bueno de estas playas es que la mayoría no tienen nada excepto unas cuantas palapas (techados de palma) de que se pueden alquilar por unos pocos pesos cada día. Nosotros pasamos el primer día en la playa de Santispac, donde acomodamos nuestras hamacas bajo la agradable sombra de una palapa y disfrutamos de un día de playa. Por la noche hicimos una hoguera y cuando todo parecía que era perfecto unas parejas de mexicanos domingueros encendieron la música. Empezó su fiesta y nuestro infierno. Nuestros nuevos archienemigos no nos hicieron ni caso cuando les pedimos varias veces que bajasen el volumen de la terrible música norteña (base de trombón con acordeón y un señor con bigote y sombrero de vaquero que canta) que se escuchaba en toda la playa.

Al día siguiente, de muy mal café (y para colmo sin tener uno de verdad), nos fuimos a otra playa más remota, la playa El requesón. Nuestro humor cambió cuando una amable pareja de estadounidenses nos llevó a la playa y además nos regalaron agua y unos pocos víveres que les sobraban. Cuando la marea esta baja se puede caminar hasta un islote cercano desde donde hay unas vistas de la bahía que merecen la pena. Hicimos snorkel aunque no vimos gran cosa porque no hay arrecifes de coral. Lo que sí disfrutamos fue bucear en busca de almejas que sacamos a puñados y nos cenamos esa misma noche, mmm. Además pudimos descansar sin ningún tipo de ruido salvo el de la marea.

La mañana siguiente nos esperaba un largo día de viaje hasta la ciudad de La Paz, a unas siete horas de trayecto. Después de esperar casi una hora sin que pasase ningún coche llegó nuestro salvador, Mario Juan, el terror de las nenas de Baja California y que afortunadamente nos llevó a la Paz. Este pescador de 62años, antiguo profesor de matemáticas, al poco tiempo de subirnos nos contó orgulloso que además de tener a su mujer, tenía otras dos concubinas en ciudades diferentes y entre las tres trece hijos y unos cuantos nietos. Nos habló de los problemas que tenía para mantener a las tres familias sin levantar envidias entre las mujeres sobre quien recibía más. De hecho, nosotros conocimos a una de sus concubinas y a varias de sus hijas ya que paramos en Loreto a visitarlas en su humilde casa donde nos ofrecieron una ducha y algo de comer. Al final resultó que la mujer (concubina 1) y la hija con su novio se unieron al viaje, así que nos tocó pasar las seis horas siguientes de trayecto en la parte de atrás de su pick up. Toda una experiencia teniendo en cuenta el sol abrasador que nos acompañó todo el camino. Llenos de polvo y hambrientos llegamos a la Paz donde nos esperaba nuestro nuevo anfitrión, Oswaldo.

Palo y Mikel

P.D:Podéis ver más fotos aquí

jueves, 6 de mayo de 2010

Un oasis en medio del desierto

Cuando llegamos a Mulegé todavía no había amanecido. El pueblo dormía en silencio y nosotros sacamos los sacos de dormir y nos acurrucamos en un banco haciendo tiempo hasta que amaneciese y pudiésemos dirigirnos a casa de Bill, nuestro próximo anfitrión. El paseo hasta llegar a su casa, en las afueras, fue muy bonito sintiendo poco a poco cómo despertaba el pueblo.

Bill nos esperaba con un café bien cargado y una tostada. Desde el primer momento nos dimos cuenta de que nuestro nuevo anfitrión, una vez más gracias a Couch Surfing, era un tipo singular. Este estadounidense de 63 años se quedó encantado con esta parte de Baja California y vive desde hace diez años en Mulegé en compañía de sus gatos, los cuales adora. También suele contar con la compañía de diferentes viajer@s que hospeda en su casa, por la cual ya han pasado más de 200 couch surfers de diferentes nacionalidades. Dice que así se siente más joven, y de hecho dentro de poco piensa dejarlo todo y recorrer el mundo en una caravana. Su fuerte carácter puede asustar al principio pero luego llega a resultar de lo más divertido. Continuamente se le puede escuchar decir improperios a la cafetera, al ordenador, a los gatos y a conductores varios. La primera noche nos dimos un gran susto al escuchar disparos en su habitación acompañados de “ Do you want to come back and get more, you son of a bitch!” Al día siguiente nos explicó que dos de sus gatos se estaban peleando y que no tuvo otra que disparar al que empezó con una pistola de aire comprimido.

El primer día Bill nos llevó a conocer el pueblo. Mulegé es un oasis en medio del desierto. Se trata del lugar donde aflora a la superficie el río Mulegé, y con él, nace un enorme palmeral que llega hasta el Mar de Cortés, justo en la entrada de la enorme bahía Concepción. Es curioso ver tanta palmera rodeada de colinas llenas de cactus. En todo el Mar de Cortés (el golfo de California) los huracanes son muy comunes (a la vez que necesarios para que haya agua) aunque el septiembre pasado un huracán de extremada fuerza arrasó el pueblo y lo inundó. Todavía en algunas partes se notaba claramente sus huellas, con decenas de palmeras derribadas, ventanas rotas, carreteras levantadas e incluso algún coche en lo alto de una casa. De hecho, la principal actividad económica de Mulegé es la reconstrucción de edificios, sobre todo de estadounidenses que se compran bonitas casas junto al río y que año tras año son arrasadas por sus crecidas. Los locales se conforman con ubicaciones menos pintorescas y de hecho poco a poco han ido vendiendo sus casas a los ricos turistas y se han trasladado a zonas más elevadas y apartadas del pueblo, como donde vive Bill.

Nuestros días en Mulegé fueron relajados. Largas siestas en nuestras hamacas bajo el emparrado del porche de la casa de Bill, paseos por el pueblo paleta en mano (polos de crema de variados sabores),alguna excursión a los cerros cercanos, tacos de pescado y cervecita frente al mar y varias visitas a la bonita Misión de Santa Rosalía de Mulegé que nos pillaba de paso.

Uno de los días nos fuimos con Bill a Santa Rosalía, un pueblo minero a una hora de Mulegé que fue fundado por los franceses, lo que se nota claramente en la arquitectura que tiene un aire más caribeño. Aunque es un lugar que no tiene mucho interés, cabe destacar la iglesia de Santa Bárbara, un curioso templo prefabricado, diseñado por Gustave Eiffel para la exposición universal de París y que la empresa minera compró e hizo instalar en medio del pueblo.

Tras cuatro agradables días, Bill nos dejó a la salida del pueblo donde allí no esperamos mucho hasta que un amable camionero nos llevó a la primera de las playas de Bahía Concepción.

Paloma y Mikel


P.D: Podéis ver más fotos aquí