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jueves, 14 de octubre de 2010

San Cris 2a parte: La vida en la huerta

Un soleado lunes del mes de Agosto nos mudamos a lo que sería nuestra nueva casa, un pequeño apartamento de dos habitaciones en el patio trasero del restaurante “La Casa del Pan”. Ese mismo día conocimos a nuestro nuevo compañero de piso y trabajo: Rudolph. Este reservado francés al que terminamos cogiendo mucho cariño es un experto granjero que creció entre vacas y lleva toda la vida en el campo, su verdadera pasión. Su español era nulo, su inglés curioso y su francés cerrado, por lo que la comunicación al principio fue difícil, pero poco a poco nuestro francés y su inglés se fueron soltando y nos fuimos acercando. Además a veces las palabras no hacen tanta falta.

Después de tantos meses viajando, fue casi un placer tener una rutina. Nos levantábamos un poco antes de las ocho, desayunábamos lo que las cocineras estimasen oportuno (demasiados frijoles que al final pasaron factura) y nos dábamos un paseo con el café en la mano hasta el mercado donde cogíamos la “combi” que nos llevaba hasta la huerta. Allí nos esperaban Esteban y Alejandro para cosechar, desyerbar (a lo que uno dedica mucho tiempo si tiene un huerto orgánico), preparar la tierra, sembrar, hacer “control biológico” y demás labores propias de la huerta, incluida la más desagradable: ir a buscar a un rancho cercano sacos de estiércol de vaca y cargar con ellos hasta la huerta.

La verdad es que se trataba de un trabajo bien agradable en el que cada uno llevaba el ritmo que quería (incluidos Alejandro y Esteban que se la pasaban apostando a las cartas), escuchando música en la radio o los programas de la radio zapatista que Alejandro se empeñaba en escuchar, charlando de esto y de aquello y haciendo nuestros descansos para ir a por fruta o tumbarnos al sol.

A las dos terminaba nuestra jornada con un hambre canina y casualmente, casi siempre era la hora a la que empezaba a llover por lo que muchos días llegábamos empapados a casa. Lo peor era que la ducha que nos esperaba no solía estar caliente, aunque nuestros males se curaban cuando a las tres empezábamos a comer. El menú siempre era parecido, un bufé con agua de frutas, delicioso pan casero, sopa o crema, barra infinita de ensaladas y un plato caliente que cada día cambiaba. Todo vegetariano,orgánico y tradicional. Una maravilla, excepto cuando se acaba el plato caliente y nos tocaba un tamal y frijoles los cuales la última semana no podíamos ni ver. Después de comer nos íbamos rodando hasta la cama donde solía caer una siestita.

Por las tardes siempre había algo que hacer, alguien a quien visitar o alguien aparecía por casa para pasar el rato. Además, muchas de las actividades estaban en el restaurante-centro cultural en el que vivíamos: yoga (al que Palo era asidua), capoeira, clown, películas...y hasta había un centro de terapias alternativas donde Palo aprovechó para hacer un curso de shiatsu-do. Lo malo es que si queríamos cenar gratis teníamos que pasar por casa sobre las ocho, aunque muchas veces no lo hacíamos porque ni siquiera teníamos hambre y además la cena no era gran cosa (sí, lo habéis adivinado, tamales y frijoles).

Además de las actividades varias que ofrece Sancris y de las que ya hemos hablado, cada vez íbamos conociendo más gente y a enterarnos de más proyectos: Bonny y Carlos, una pareja de personajes donde los haya, que trabajaban en un bar cercano; los chicos del Paliacate, un centro social recién inaugurado donde se mueven muchas cosas; Pistacho y Laura, con quienes afianzamos nuestra amistad y hacíamos planes juntos; la banda de Soulfire, que tocaban cada noche en un bar distinto y con quienes había muy buena onda; los artesanos de nuestra anterior casa a quienes íbamos a visitar de vez en cuando y nos enseñaban algo de artesanía; Constanza, Kal y Bárbara (nuestros anfitriones al llegar a San Cris), con quienes nos tomábamos un vino de vez en cuando; Lucía, Gema y Cris que durante este tiempo han estado yendo y viniendo de San Cris y las otras muchas personas que en una pequeña ciudad como ésta te encuentras en todos lados y con las que terminas entablando amistad.

En esas estábamos cuando llegó Javi para quedarse y trabajar con nosotros en la huerta. Con él llegó la música de su guitarra y algo más de alegría a la casa. Unos llegaban y otros se iban, porque justo entonces Lucía y las niñas se se fueron a comunidades durante quince días como observadoras de derechos humanos.

Los fines de semana eran tranquilos pero casi siempre estábamos enredados con algo. Sólo uno de ellos hicimos turismo fuera de San Cris y decidimos ir a conocer el cercano pueblo de San Juan de Chamula, famoso por su fuerte tradición indígena y por su singular iglesia donde se mezclan tradiciones católicas e indígenas en un espectacular sincretismo. En su lúgubre interior iluminado por centenares de velas está prohibido realizar fotos porque creen que se roba el alma a los santos allí representados. Lo que sí se puede hacer es observar los rezos, rituales y sanaciones con pollos, incienso, música, Coca-Cola , posh (tradicional licor de caña) y cohetes. Algo completamente diferente a lo que estamos acostumbrados que a todo aquel que entra le deja sin palabras y con los ojos bien abiertos. Esa misma tarde también visitamos el Museo de medicina maya, el cual nos ayudó a entender muchos de los rituales que se practican en las iglesias y nos quedamos sorprendidos con el trabajo de las parteras indígenas y la manera que tienen de dar a luz (de rodillas, sobre el piso de tierra y completamente vestida)

Los sábados por la noche siempre solía haber alguna función, generalmente de clown, en el espacio escénico que estaba justo encima de nuestra casa, así que no cabía la excusa de la pereza para no ir. Risas que luego se podían continuar con algún concierto (la música en vivo nunca falta en San Cris), alguna fiesta o alguna cena en casa de algún amig@.

Los domingos solíamos quedarnos en casa disfrutando de que se convertía en nuestro restaurante ya que se cerraba al público y nosotros lo abríamos a l@s amig@s. Nos preparábamos grandes comidas en la cocina que degustábamos al sol en la azotea, que además de tener buenas vistas, tenía una preciosa huerta.

Ya empezábamos a formar un buen equipo de huera cuando apareció por casa una risueña japonesa que comenzó a venir a la huerta con nosotros y a compartir mucho más que eso. Se llamaba Ayuchi. Después de una estresada vida en Tokio como diseñadora gráfica había decidido buscar algo que le llenase más y después de un tiempo por California, había terminado en México como wwoofer (trabajando en las huertas a cambio de comida y casa). Rápidamente nos enamoramos mutuamente y juntos pasamos todas las tardes. Juntos fuimos a clase de salsa (a las cuales sólo continuó yendo el ya no tan tímido Rudolph), hicimos un taller de queso, vimos documentales, pasamos la fiesta del bicentenario de la independencia de México y como despedida hicimos un taller de sushi. Su visita fue breve pero muy intensa. Pero otra vez unos venían y otros llegaban. Lucía llegó de comunidades y después de unos días de fiesta se marchó de nuevo a Oaxaca con Gema y Cris y Marisol, la madre de Javi, llegó para quedarse diez días en San Cristóbal y experienciar con mucha alegría nuestra vida en esta bella ciudad. Se vino un día a la huerta a trabajar con nosotros, aprendió a hacer macramé (Palo que también está aprendiendo le enseñó un poco), cocinamos junt@s (en este caso ella fue la maestra), visitó el proyecto de Tzajalá donde Javi colaboró varias semanas, vimos cine y documentales y hasta se sumó a alguno de nuestros planes nocturnos. Fue un placer tenerla con nosotros con tanta motivación y sin poner una sola mala cara a nuestro modo de vida al que se adaptó como una más. Al cabo de unos días llegó el padre de Javi y con él, las lluvias torrenciales.

Con ellos aprovechamos para conocer el cañón del sumidero, una de las mayores atracciones turísticas de Chiapas. Se trata de un paseo por el río Grijalva observando las espectaculares paredes de piedra de hasta 1000 metros de altura así como las curiosas formaciones que se dan. Durante el paseo en barca, vimos cocodrilos, monos araña, zopilotes y bastantes troncos y basura en al agua debido a las fuertes lluvias que las arrastran. Este fue el único día que no cayó un aguacero, porque los días siguientes estuvo lloviendo sin parar provocando serias inundaciones en varios barrios de la ciudad. Fue el mismo temporal que azotó Oaxaca y Guatemala, cuyos destrozos más tarde comprobaríamos. Muy agradecidos por todas las cenitas a las que nos invitaron y su grata compañía y con la incertidumbre de si llegarían al aeropuerto, nos despedimos de ellos el domingo.

Se acercaba Octubre y con él dos meses desde que llegamos a esta ciudad. Eran tiempos de cambio y de tomar decisiones: Laura y Pistacho se marcharon a Oaxaca, Lucía volvió de allí y se encontró con las sorpresa de que su novio Ale había venido desde España para viajar con ella, nuestro querido Rudolph se marchaba triste a un rancho de Estados Unidos, nuestra colaboración en la huerta se terminaba y con ella el tener una casa gratis, el COP 16 (la cumbre de NU sobre el clima) se acercaba y empezamos a implicarnos en algunas acciones relacionadas con ella...¿Y ahora qué? En un principio habíamos decidido ir a comunidades durante 15 días como observadores de derechos humanos, pero en el último momento cambiamos de planes y decidimos irnos a viajar por Guatemala quince días porque en realidad necesitábamos movernos y la visa había que renovarla en pocos días (y pensar que cuando nos dieron seis meses pensamos que nos sobrarían...).

A Javi le dejamos instalado en una casa que nos prestaron y que iba a ser compartida con los integrantes de Soulfire que la utilizarían como sala de ensayo. Nosotros nos marchamos rumbo a Quetzaltenango, Guatemala, sabiendo que en dos semanas regresaríamos a San Cris. Habíamos dejado muchas cosas pendientes y no éramos capaz de decirle definitivamente adiós. Con la tristeza de quien ha echado raíces en un lugar, le dijimos hasta luego.

Palo y Mikel

P.D: Podéis ver más fotos aquí

lunes, 27 de septiembre de 2010

EZLN: la rebelión indígena

Pocas horas le quedaban de vida al año 1993, o quizás ya había nacido el 94 cuando miles de indígenas armados, algunos con viejos fusiles y otros tan sólo con palos, bajaron de las montañas y gritaron ¡Ya basta!. Se presentaban a México y al mundo el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, el EZLN, un ejército guerrillero formado diez años antes en las montañas del sureste mexicano y que para los indígenas de Chiapas ya era un secreto a voces.

Esa madrugada, alzados en armas, ocuparon cuatro cabeceras municipales del estado de Chiapas, entre ellas San Cristobal de las casas. Demandaban democracia, libertad y justicia. Democracia en un país donde existía un partido de estado, el PRI, que había gobernado el país con mano de hierro desde hace 70 años. Libertad para poder ser lo que son: indígenas con unas costumbres y una cultura propia que durante 500 años ha sido despreciada y reprimida. Justicia para una población, que aunque verdadera y ancestral propietaria de las tierras del sureste mexicano y pese a constituir un tercio de la población del estado, vive empobrecida en las montañas, desplazada en la selva y privada del derecho a la tierra. La reforma agraria se olvido de ellos.

Ese primero de enero empezó la guerra en Chiapas. Doce días duraron los enfrentamientos. Mucha gente murió, tanto zapatistas como militares. Hubo desplazados. Así que la gente pidió que parase la guerra y el EZLN hizo aquello que casi nunca hace ejército alguno: escuchó lo que decía el pueblo. Decretó un alto el fuego y mientras, el gobierno enviaba a 50.000 soldados a Chiapas e intensificaba el acoso de las comunidades indígenas.

La diócesis de San Cristobal, encabezada por el obispo Samuel Ruiz pronto se propuso para mediar entre el gobierno y los zapatistas. Una figura, la de Samuel Ruiz, muy controvertida en Chiapas y en todo México por ser uno de los mayores exponentes de la Teología de la liberación. Desde hace decenas de años brigadas de catequistas trabajaban en las comunidades indígenas de los rincones más inaccesibles de Chiapas explicándoles que Cristo sufrió a causa de los poderosos, como ellos. Ellos también podían ser el pueblo elegido que encontraría la libertad. Si hacían algo para recuperarla, claro está. Al obispo Samuel Ruiz los indígenas de Chiapas le llamaban Tatic, que viene a significar “nuestro padre” en idioma tzotzil y cuando estalló la guerra muchos lo acusaron de ser parte del Comité Clandestino Revolucionario Indígena (CCRI), órgano de mando del EZLN.


Mientras tanto el EZLN, a través de su portavoz, el Subcomandante insurgente Marcos, se presentaba a México y al mundo entero. Marcos, el nuevo rostro sin rostro del neo-zapatismo mexicano, con su prosa irreverente y llena de humor, escribe al mundo decenas de comunicados desde algún rincón de la selva Lacandona. Explica al mundo que el EZLN, que los indígenas de Chiapas, no buscan una Revolución , si no la revolución, con minúsculas. Empezando desde abajo a la izquierda. El EZLN hace un llamamiento a todos los indígenas de México para que se encuentren en el 1er Congreso Nacional Indigena y así conocerse y como ellos dicen “verse en el otro yo” y poder luchar juntos.

Definitivamente no se trataba de un grupo guerrillero más de los que habían surgido en México en los últimos treinta años, o que se pudiese comparar a ningún movimiento mundial. En sus comunicados los zapatistas convocaban a mujeres amas de casa, estudiantes, homosexuales, trabajadores, inmigrantes y otros grupos largamente marginados; a luchar juntos para crear otro “mundo donde quepan muchos mundos.” Hicieron un llamamiento internacional y organizaron el 1er Encuentro intergaláctico por la humanidad y contra el neoliberalismo, en que pueblos y colectivos de todo el mundo se conocieron, intercambiaron experiencias e iniciativas. Numerosos colectivos e intelectuales internacionales mostraron su apoyo a los zapatistas y resulta muy interesante leer toda la correspondecia y comunicados del Subcomandante Marcos con personalidades y medios de comunicación de todo el mundo, como por ejemplo el libro que Marcos escribiría con Manuel Vazquez Montalbán y Paco Ignacio Taibo a seis manos (aunque tan sólo éste último podría escribir la novela con Marcos finalmente), el debate mantenido con el juez español Baltasar Garzón o la correspondencia entre Marcos y ETA en la que el EZLN se desvincula de la lucha de ETA y plantea un proceso de diálogo sobre el conflicto en el País Vasco. Para entonces ya se sabía que Marcos había sido un profesor de filosofía en la UAM y su foto llenaba lás páginas de prensa y revistas.

La campaña mediática nacional del EZLN convocó a una gran parte de la población mexicana y mundial que puso sus ojos sobre lo que estaba sucediendo en Chiapas y forzó al gobierno mexicano, muy preocupado en ese momento por dar una imagen progresista para salvaguardar los criticados procesos de establecimiento de área de libre comercio con EE.UU. y Canadá, y las críticas internacionales sobre la ausencia de democracia en el país; a sentarse a dialogar con aquellos a los que al empezar el levantamiento calificó de puñado de sujetos principalmente monolingües dirigidos por extranjeros. (Vale recordar que el méxicano medio tan sólo habla un idioma, el español, mientras que un indígena suele hablar su lengua indígena, otra lengua indígena vecina, y el español.)

Así, comenzaron las conversaciones entre el gobierno y los zapatistas en un pequeña localidad de Chiapas llamada San Andrés. Los delegados gubernamentales se sentaron con los delegados del EZLN, indígenas de poca altura algunos de los cuales a duras penas hablaban español que representaban los cuatro principales grupos indígenas de Chiapas. Algo que resultó desconcertante para los delegados gubernamentales que no creían capaces de diálogo serio a delegados como la Comandanta Ramona, una indígena tzotzil de menos de metro y medio que había aprendido español para poder participar en las conversaciones de paz.

Además de que Marcos un mestizo como ellos, no acudió como delegado,a la comisión molestaron los contantes parones de los zapatistas que se empeñaban en consultar con sus bases de apoyo, unos 300.000 indígenas chiapanecos, la aceptación de los acuerdos a los que se fueron llegando. Al final tras mucho trabajo de intermediación se llegaron a unos acuerdos sobre cultura indígena que el gobierno firmó mientras armaba a grupos paramilitares afiliados a los poderes establecidos del PRI y los terratenientes y mientras el ejército aumentaba su cerco a los guerrilleros del EZLN.

Pero el gobierno traicionó su palabra dada en San Andrés y en su firma del convenio 169 de la OIT sobre naciones indígenas y nunca transformó en reformas constitucionales y legales los compromisos de San Andrés. Los sucesivos gobiernos del PRI y del PAN (que tras 70 años de dictadura de partido por parte del PRI, tomo la jefatura de estado) ignoraron los acuerdos y retrasaron el avance de las siguientes seis rondas de diálogo que preveían las conversaciones de San Andrés.

El EZLN se retiró de las conversaciones y decidió cumplir los acuerdos por su cuenta. Así nacieron las Juntas de Buen Gobierno, ubicadas en cada uno de los “Caracoles” o regiones en las que se divide el área de control zapatista. Estas Juntas de Buen Gobierno, son la concreción de la máxima zapatista de “mandar obedeciendo”. Un muy “otro gobierno” (cargos rotatorios, representativos, no remunerados, sometidos a una asamblea...) al que acompañaron una red autónoma de salud que incorporaba los conocimientos tradicionales y una “otra educación” con escuelas autónomas. Un ejercicio soberano de autonomía y autogobierno proveniente de quienes hasta hace poco el gobierno y el PRI creían tener controlados mediante el caciquismo imperante en estas latitudes que todavía viven en muchos aspectos como hace 70 años.

Ya han pasado más de 30 años desde que nació el EZLN y más de veinte desde que se alzó en armas y desde que a los 12 días del comienzo del conflicto decretase un alto el fuego escuchando la voz de la gente no ha vuelto a disparar un fusil. En cambio siguen aflorando las guardias blancas de grandes terratenientes y los grupos paramilitares armados por el ejército, y la policía estatal, como los que en 1997 mataron a 45 personas, mujeres, ancianos y niños principalmente, en una pequeña localidad llamada Acteal (víctimas que ni siquiera eran zapatistas, sino pertenecientes a un grupo cristiano pacifista de una comunidad indígena).

La guerra se mantiene mediante el acoso a comunidades enteras, las estrategias para dividir comunidades mediante la corrupción y el dominio de las tierras estatales, desapariciones y acoso militar... Mientras los zapatistas poco a poco avanzan en la construcción su autonomía con todas las dificultades que su lucha conlleva, impulsando iniciativas a nivel nacional como el frente popular de “la Otra campaña”, e intentando acabar con la represión histórica que los indígenas de Chiapas y de México y América entera han sufrido desde hace siglos.

Dieciseis años después de su atrevimiento, los indígenas de los altos de Chiapas siguen demandando lo mismo que hace16 años: trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz. Mientras los sucesivos gobiernos federales y estatales se los siguen negando, ellos, l@s zapatistas, despacito como los caracoles, avanzan hacia su autonomía y la construcción de ese otro mundo en el que quepan muchos mundos, también el suyo.

Mikel

lunes, 20 de septiembre de 2010

San Cris: Parte 1

Por fin habíamos llegado. Estábamos en San Cristóbal de las Casas, un lugar que siempre ha estado en mente en nuestro viaje y sobre el cual muchas historias nos habían contado. Un lugar en el que nos apetecía echar raíces, aunque en nuestro viaje eso signifique tan sólo permanecer unos meses y encontrar un rincón que hacer nuestro.

Lo primero que sentimos cuando bajamos del autobús fue frío. San Cris, como se conoce por acá, está a 2200 metros sobre el nivel del mar y se nota. Un lugar rodeado de montañas cubiertas de pinos donde las nubes pasan a ras de suelo y las envuelven.

Tras un largo camino con el macuto a la espalda llegamos a casa de Constanza y Kal, una mexicana y un Surcoreano que comparten una preciosa casa a los pies de un cerro. Se conocieron gracias al Couch Surfing y gracias al CS los encontramos. Tuvimos suerte ya que nos tocó un cuarto estupendo para nosotros solos en una casa que parecía un chalé de la sierra de Madrid.

Como desde el primer momento tuvimos la intención de que Sancris iba a dar para largo nuestros primeros días en la ciudad nos los planteamos tranquilamente, sin dedicarnos a hacer turismo y simplemente empezamos a descubrir la ciudad poco a poco, planteándonos también de que manera nos queríamos quedar. Resultaba que además de nosotros, Pistacho y Laura (nuestros amigos de Palenque) también querían quedarse en la ciudad un tiempo y pensamos que entre Lucía, Mingo, ellos y nosotros tal vez podríamos alquilar una casa barata. Veíamos un patio en nuestros sueños. Pero para eso teníamos que buscarnos la vida aquí, así que cada uno empezó a buscar por su lado. Mientras más conocíamos la ciudad más nos gustaba. Documentales gratis, conferencias, conciertos cada noche, teatro, cursos, librerías interesantes, clases de yoga, salsa, reflexología o lo que fuera, bicicrítica, una infinidad de proyectos en los que poder participar, centros sociales y culturales... Todo en un ambiente muy interesante ya que en esta ciudad vienen a parar muchos viajeros que recorren el mundo como nosotros y que suelen quedarse aquí unas semanas, unos meses o unos años. Parada obligatoria para artesanos, músicos callejeros, activistas sociales y hippies buenrollistas. Uno siempre termina quedándose en San Cris más tiempo del que tenía pensado.

Nuestra búsqueda de algo a lo que dedicarnos aquí ganando algo de dinero, o sin gastar al menos cada se hacía más amplia. Desde ser camareros en una tetería-cine, hasta dedicarnos a vender pasteles por la calle o trabajar en un hostal por alojamiento. Por suerte no estuvimos muy presionados para decidir con el tema del alojamiento porque la vecina de Constanza y Kal, Bárbara, una chica austríaca que trabaja en una ONG local nos ofreció su linda casa durante una semana mientras ella estaba en la boda de un amigo en Monterrey. La suerte y la hospitalidad de la gente nos volvían a sonreir. Uno de esos días apareció Javi por San Cris, venía a pasar el finde ya que estaba viviendo en Tzajalá, un pequeño pueblo cerca de Ocosingo donde Marzo, un mexicano, chamán indígena y su esposa francesa Sylviane tienen un familiar proyecto de vida sustentable donde van a parar numerosos voluntarios y viajeros para echar una mano. Fue divertido darnos cuenta de que nosotros habíamos estado allá pocos días antes sin vernos y nos hubiésemos quedado si no hubiese que pagar, aunque poco, hospedaje.

Poco a poco nos dimos cuenta de lo difícil de encontrar una casa amueblada pero Mikel se dio cuenta de que una de las granjas de las que tenía contacto para trabajar por comida y alojamiento era la proveedora de la Casa del Pan, un restaurante vegetariano orgánico que ya habíamos visitado antes. Y preguntando nos dijeron que aceptaban voluntarios para trabajar media jornada en la huerta, que resultaba estar muy cerquita, por un riquísmo buffet orgánico y por cierto, con un pan que hacen allí mismo, delicioso. Así que fuimos un día y estuvimos trabajando con Alejandro y Esteban que están contratados. Nos enamoramos de la preciosa y enorme huerta en los cerros cercanos a San Cristobal, llena de verduras que no habíamos podido encontrar en todo México, y llena de flores y mariposas de todos lo colores. Más nos enamoramos aún cuando probamos la deliciosa y abundante comida de la Casa del Pan, así que nos propusimos dar la lata hasta conseguir trabajar en la huerta con algún tipo de trato que nos compensase. Porque por aquel entonces Barbara llegó de Monterrey y nosotros nos buscamos una habitación en una casa compartida.

Laura y Pistacho se habían mudado a una casa compartida en el centro en la que como dicen aquí, había muy buena vibra. Eran 7 pequeñas habitaciones y una cocina que daban a un pequeño patio con un lavadero que hacía de pasillo. Por poco dinero nos alquilamos una habitación y empezamos a compartir casa con un alemán profesor de yoga, un artesano mexicano y otro argentino, un carpintero artesano mexicano y con Laura, Pistacho y Lucía, que todavía no tenía muy claro que iba a hacer con su vida. Y aunque la casa nos encantó, no nos recibió muy bien que digamos. La primera noche ni siquiera la pudimos pasar en nuestra habitación porque estaba okupada por otros habitantes mucho más pequeños que nosotros. Las chinches malditas. Decenas de bichitos rojos chupasangre que inundaban la almohada. A Palo casi le da un ataque. Eso detonó en los días siguiente una guerra sin cuartel a las chinches que resultaba que se habían instalado en esa habitación hace unos meses y que por mucho que las hubiesen intentado eliminar siempre volvían a aparecer. Mientras Mikel fumigaba la habitación, sellaba la enorme grieta del muro que daba al jardín, desinfectaba sábanas y almohadas y hasta quemó con un soplete las rendijas de la cama donde dicen se esconden las chinches... Palo se apuntó a clases de yoga para no volverse loca. Al final parece que el soplete o el yoga hicieron sus efectos y las chinches no volvieron a hacer acto de presencia. Mientras Javi seguía viniendo los fines de semana de visita y cada vez nos conocíamos mejor los bares del lugar y la fauna que los frecuentaba.

También por esos días volvieron a aparecer Gema y Cris, que venían de Guatemala. Nosotros, después de pasar 2 veces al día durante semana y media por la Casa del Pan para preguntar por la señora Kippy, la dueña del restaurante que no nos había contestado a nuestro e-mails; pudimos hablar con ella y nos ofreció trabajar de lunes a viernes por tres comidas al día y un pequeño apartamento al fondo del restaurante. Justo lo que buscábamos. Además de poder disfrutar y aprender campo todos días, podíamos disfrutar de San Cristobal con riquísima comida gratis, viviendo en la calle principal de San Cristobal en un lugar que además es cine, un centro de terapias alternativas, un lugar donde hay clases de yoga, capoeira o clown entre otros, y muchas cosas más. Vamos, que parecía un buen sitio donde vivir.

Ya mucho más tranquilos por tener el horizonte de nuestro futuro despejado nos despedimos de nuestros compañeros de casa con los que habíamos compartido una semana y nos fuimos con Gema, Cris y Lucía, a Tzajalá unos días antes de mudarnos a la que sería nuestra nueva casa. Allí estuvimos con Javi y con otr@s much@s voluntari@s que estaban finalizando una especie de campamento en el que estuvieron haciendo diversos trabajos. Mikel estuvo ayudando a Javi a finalizar un deshidratador solar (para frutas, setas...) Palo estuvo trasplantando nísperos y aprendiendo un poco de botánica. Por la tarde disfrutábamos del río y de la tranquilidad del campo. Pero lo mejor de todo fue poder participar en un temazcal,una ritual que se realiza en una pequeña cabaña de ramas cubierta de mantas donde si introducen piedras calientes y mientras se disfruta de la sauna se canta, se tocan instrumentos y se suda, se suda mucho. Todo dirigido por Marzo, que es un chaman reconocido en la zona y que nos estuvo guiando a través de las cinco “puertas” que hay que pasar antes de poder salir. Fue muy duro (en ocasiones el calor y la humedad eran extremos) pero conseguimos terminarlo (muchos salieron antes del final) aunque salimos totalmente cubiertos de lodo que se formaba en el interior del inipi (así se llama ese tipo de cabañas) y con el que nos cubríamos para refrescarnos. Fue una experiencia muy bonita que tuvimos la suerte de poder realizar con nuestro amigos en un lugar tan mágico como Tzajalá. Al día siguiente, después de comer volvimos a regresar a San Cristobal donde nos esperaba nuestra nueva rutina. Un poco de estabilidad.

Palo y Mikel

P.D. Podéis ver más fotos aquí

viernes, 10 de septiembre de 2010

Microcosmos

Estas son las maravillas de la naturaleza que nos acompañan cada día en nuestro trabajo en la huerta.