jueves, 30 de diciembre de 2010
No hemos desaparecido
Hace mucho que no escribimos ninguna entrada y algun@s de vosotr@s ya nos habéis preguntado que sucede. Pues bien, Palo y yo regresamos hace unos días a Madrid donde estamos en proceso de readaptación (poquito a poquito) y por ello nuestras cabezas están a mil y una cosas a parte del blog. Pero esto no se acaba aquí. En pocos días seguiremos actualizando nuestro cuaderno de bitácora y os contaremos como nos ha ido por comunidades de Chiapas como observadores de derechos humanos, como nos fue por San Cris de nuevo, como fue nuestra experiencia de más de 1 mes por Cancún organizando una cumbre paralela al COP16 y muchas otras cositas.
Así que hasta pronto
Palo y Mikel
miércoles, 24 de noviembre de 2010
En territorio maya
El último destino durante el breve tour por Guatemala fue la isla de Flores y las cercanas ruinas de Tikal, ambas localizadas en el extenso estado de El Petén, que casi ocupa la mitad del país. Durante horas recorrimos interminables carreteras en línea recta flanqueadas por extensos monocultivos de palma africana, papaya o banano. Estos terrenos fueron arrancados a la jungla en un área que hace cien años era prácticamente inaccesible. Ahora, colonos y empresas extranjeras favorecidos por el gobierno se reparten los suculentos dividendos de la agricultura destinada a la exportación.
Flores es una preciosa y minúscula ciudad ubicada en una pequeña isla sobre el lago de Petén-Itza y está conectada por un puente a Santa Elena, una ciudad mucho más grande y sin mayor atractivo.
Este es lugar de base de todo aquel que va a visitar las famosas ruinas de Tikal, que se encuentrar a pocos kilómetros.
Nosotros tan sólo pasamos un par de días por allá, y uno de ellos lo dedicamos en exclusiva a visitar la más grande y espectacular de todas las ciudades mayas que hemos visto.
Como íbamos un poco cortos de dinero y la entrada ya costaba lo suyo (después de recorrerte medio país, no es plan no ir a las ruinas porque cuestan un pastón...), en un principio teníamos previsto ir sin guía, pero en la furgoneta que nos llevaba a la zona arqueológica conocimos a Nacho, un madrileño que trabaja en EE.UU. y que se había tomado un año sabático para viajar y para visiar ruinas mayas, que le apasionaban. Él ya era la segunda vez que visitaba Tikal (y acababa de llegar de una excursión
de 6 días por la jungla para visitar unas remotas ruinas) y esta vez iba a visitarlas en compañía de Juan, un viejo guía con el que había entablado amistad. Así que como ya lo tenía apalabrado y vio que nosotros no íbamos a pagar guía pues nos invitó a compartirlo.
Y menuda suerte la nuestra, porque la experiencia de visitar estas ruinas fue totalmente distinta. Juan se conocía de corazón toda la historia de Tikal y de los mayas en general, un verdadero apasionado del tema que se emocionaba mostrándonos lugares recónditos de Tikal y que además sabía un montón sobre la flora y la fauna de la selva, porque las ruinas de Tikal están en plena jungla. Así que de la mano de Juan conocimos los templos mayas y desciframos sus estelas, aprendiendo sobre sus distintas dinastías, guerras y períodos que pasó esta ciudad maya. Él nos habló de todo lo que albergaban aquellos templos que teníamos frente a nosotros y que no había sido revelado para evitar su degradación, incluido el enorme templo IV que con sus 640 m es considerada la construcción excavada más alta de la América Precolombina.
Estuvimos casi ocho horas paseando por esta jungla plagada de templos sin cruzarnos a casi ningún turista (estos visitan tan sólo las partes más importantes de las ruinas y sus tours vuelven pronto a Flores).
Maravillados por el mundo maya al que nos había introducido Juan y Nacho, que también era un experto en el tema, quedamos a cenar con Nacho y unas arqueólogas de la Universidad de Alicante que estaban trabajando en unas ruinas no muy alejadas de Flores. Ellas nos contaron sobre el trabajo de los arqueólogos, las distintas maneras de realizar excavaciones, sobre los saqueadores de ruinas (todas las ruinas que se excavan han sido ya saqueadas en varias veces por buscatesoros muy profesionales) y las penurias laborales de l@s arqueólog@s en España (especialmente si tu disciplina sólo se encuentra al otro lado del Atlántico)
La mañana siguiente emprendimos camino de regreso a México y para ello cogimos un bus que
nos llevaría hasta la Técnica, a las orillas del río Usumacinta, que en esta parte del país delimita la frontera con México. En la aduana guatemalteca los funcionarios nos intentaron timar exigiéndonos el pago de un impuesto por el “abandono de país por vía fluvial”. Nosotros nos mantuvimos firmes porque sabíamos que este tipo de timos ocurren frecuentemente en las fronteras de Centroamérica y les exigíamos un justificante que evidentemente decían no poder otorgar. Después de discutir con dos funcionarios y bajo la amenaza de ponernos en una lista negra, conseguimos marcharnos con nuestro sello de salida y sin tener que pagar ni un quetzal. Eso sí, el tipo, muy cómicamente hizo como que introducía nuestros datos en una base de datos de morosos.
Otro suceso interesante fue descubrir que la mayor parte de los que llegamos a la frontera eran jóvenes emigrantes de Centroamérica rumbo a la frontera con EE.UU. Mientras nosotros negociábamos la tarifa con un barquero que nos llevaría a la orilla mexicana, ellos buscaban vías alternativas para poder cruzar sin tener que pasar por el puesto de migración mexicano. Nosotros les deseamos buena suerte en el difícil camino que les quedaba por delante y desde la barca les dijimos adiós.
Así acabaron nuestros días por Guatemala, una tierra que nos había encantado con sus maravillas naturales y la amabilidad de sus gentes indígenas.
Palo y Mikel
P.D: Podéis ver más fotos aquí
jueves, 18 de noviembre de 2010
Contrastes de Guatemala
El siguiente destino después de nuestros días en el lago Atitlán fue la bonita ciudad de Antigua Guatemala, llamada así porque durante muchos años fue la capital del Reino de Guatemala que comprendía a los actuales Estados de Belice, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y el estado mexicano de Chiapas. A causa de dos graves terremotos en 1773 en los que la ciudad fue destruida se decidió trasladar la capital a un lugar más seguro, naciendo así la actual capital del país: Ciudad de Guatemala.
La belleza colonial de esta ciudad fue reconocida por la UNESCO al nombrarla Patrimonio cultural de la humanidad en 1979 y no es para menos ya que nos pareció quizás una de las ciudades coloniales más bonitas que hayamos visto. Además, en contraste con el resto de Guatemala, sus calles están limpias de basura, los coches casi no circulan por sus empedradas calles, los edificios están perfectamente restaurados y la publicidad muy limitada y discreta. También, a diferencia del resto de lugares que habíamos visto en Guatemala, la población indígena era muy reducida, y la opulencia mestiza muy visible.
Es una parada obligada para los turistas que llegan a Guatemala y nosotros no nos la queríamos perder. Otro de sus atractivos son los tres volcanes que la rodean (el volcán del Agua, el del Fuego y el Acatenango), pero sobre todo el volcán Pacaya, el cual se encuentra activo y que el pasado junio entró en erupción bloqueando gran parte de la región.
Nosotros sólo estuvimos un par de días, pero lo disfrutamos paseando por sus tranquilas y hermosas calles y gozando de esos pequeños lujos occidentales como tomar un expreso en un terraza con wi-fi. Estos breves placeres acabaron con un terrible y largo viaje de más de doce horas hasta Semuc Champey que nos devolvió a la otra realidad guatemalteca. Tres buses, un taxi, una furgoneta y una barca para recorrer unos 300 km. Todo un ejercicio de contorsionismo y paciencia.
Cuando llegamos a nuestro destino tardamos poco
en irnos a dormir, al día siguiente nos esperaba un día de aventura. Nos levantamos temprano y nos fuimos a conocer las famosas pozas de Semuc Champey que en lengua maya local significa “Donde el río desaparece”. Esta maravilla es un puente de piedra natural de unos 300 metros bajo el que pasa el río Cahabón y sobre el cual se han formado una serie de pozas alimentadas por arroyos que bajan de las laderas y que adquieren preciosos colores según la época del año.
Lo primero que hicimos fue subir hasta un mirador donde pudimos apreciar la belleza de este monumento natural y luego bajamos hasta las pozas para bañarnos y saltar de una a otra como ranas. Después de un paseo por el parque llegamos al lugar de nuestra siguiente aventura: las cuevas de Ka'n Ba, donde nos adentramos en la total oscuridad de estas grutas armados tan sólo con una pequeña vela que no nos iluminaba más allá de nuestra mano. Siguiendo de cerca a Sebastián, nuestro guía, recorrimos los primeros 900m de este río subterráneo, descolgándonos por cuerdas, nadando con nuestra vela en la mano, y reptando por estrechas vías. Sin casco, casi sin luz y con un acondicionamiento de lo más precario, esta experiencia nos hizo descargar adrenalina y nos alegramos mucho cuando volvimos a ver la luz. Nuestro día de aventura acabó con unos cuantos saltos al río desde un enorme columpio y un placentero descenso del río en una cámara de camión.
Esa noche no había nadie en el hotel salvo nosotros, que nos fuimos
pronto a dormir porque a las cinco de la mañana empezaba otro largo día de viaje con destino la ciudad de Flores, aunque todavía nos esperaba una última sorpresa: justo cuando nos acabábamos de dormir nos despertaron unos disparos de escopeta y al levantarnos vimos a uno de los chicos del hotel con una linterna entre la maleza gritando insultos a alguien. Y es que allí no se andan con chiquitas y cuando alguien se cuela en tu propiedad (posiblemente para robar algo en alguna habitación) no parece raro intentar darle caza como un conejo. Por suerte la noche no acabó en tragedia y todavía a la sombra de la noche pudimos emprender otro interminable viaje de más de 10h rumbo norte.
Palo y Mikel
P.D: Podéis ver más fotos de Antigua aquí y de Semuc Champey aquí
P.D: Los de la foto en la cueva no somos nosotros, así que no os molestéis en intentar reconocernos.
domingo, 14 de noviembre de 2010
Allá donde el agua y el fuego se juntan
En colorido Chicken bus, dando botes sin parar y mareados por las millones de curvas de la carretera que cruza el altiplano Guatemalteco, llegamos al Lago Atitlán. Un lugar del que habíamos oído hablar mucho. Muchos dicen que es unos de los lagos más bonitos del mundo, y la verdad es que al menos a nosotros nos parece el más bello de los que hemos visto. Rodeado de volcanes, a sus orillas existen una serie de pueblos muy diferentes y cada uno con su encanto. Tanto turismo mochilero ha desencadenado una increíble competencia de precios entre los muchos hoteles que hay, llegando al disparate de cobrar por una habitación doble con baño lo mismo que por un litro de cerveza. Nosotros encontramos una verdadera ganga donde descansar disfrutando de una habitación para nosotros solos y de unas preciosas vistas a este mágico lago. Y así pasamos un par de días dando paseos, tomándonos ricos zumos y disfrutando de las vistas así como visitando su iglesia (al menos la más grande y vistosa), que no es católica si no evangélica baptista. Un sentimiento extraño el de ver a todos esos indígenas mayas en un templo que tanto nos recordaba a los de EE.UU.
El domingo sin embargo nos fuimos a pasar el día a Chichicastenango,
un pueblo muy conocido por su mercado dominical. Y no es para menos, porque este día de guardar todas las calles del pueblo amanecen repletas de puestos de artesanía, ropa y comida. Es uno de los mercados más famosos de Guatemala al que llegan cientos de turistas en busca de los souvenirs que llevar a sus familias y decorar el salón de casa. La competencia es brutal y los precios relativos.
Un lugar lleno de colores pero que cada vez se parece más a un centro comercial donde lo que se vende como artesanía está hecha en una fábrica de China. Se pueden comprar todo tipo de productos y ropa de “estilo indígena” a precios de ganga (nosotros conseguimos que nos rebajasen cosas en más de 50%) así que todo el mundo sale cargado de bolsas de plástico llenas de regalos inútiles que posiblemente se le romperán en menos de un año. Consumismo feroz que no logró atraparnos gracias que que no quisimos llevar casi dinero. Lo que sí que nos gustó mucho es un mural que había en el mercado en el que por medio de dibujos infantiles se relataba la guerra, con todas sus atrocidades, en una región donde los niños jugando mientras nos golpeaban nos gritaban: ¡soldado, soldado!. El otro atractivo de “Chichi”, como también se conoce a esta ciudad, es el ídolo llamado Pascual Ajab. Un cerro donde hay una gran roca negra por el hollín de las
velas donde difícilmente se adivina las facciones de un rostro. A este sagrado cerro acuden numerosos indígenas a realizar todo tipo de ceremonias y ofrendas.La vuelta en la combi fue con un grupo de seis israelís, otros más de los muchos que nos cruzamos desde que estamos en Guatemala. Parece que irse de viaje a Latinoamérica es como un rito de despedida de su juventud que tiene la mayor parte de ell@s tras terminar su servicio militar (nada más que 3 años para ellas y 5 para ellos).
La mañana siguiente bajamos al muelle y tomamos un barca para cruzar al pequeño y místico pueblo de San Marcos la Laguna, donde nos esperaban Lucía y Ale. Este lugar ha venido atrayendo desde hace muchos años a gente atraída por su misticismo hasta el punto que hoy existen innumerables centros de curación holística, espiritualidad, yoga, meditación, y todo tipo de terapias alternativas que a veces rayan lo absurdo. Esto atrae a diversos personajes de los más curioso, como Bill o “el doctor”, un gringo que da charlas gratuitas sobre la kábala, aunque de una manera muy peculiar; o Merlín, un francés con aspecto de anacoreta y que mas que hablar parece cantar y que se dedica a trabajar el vidrio.
Todo esto ha hecho que San Marcos se haya polarizado: Por por un lado existen todos estos hoteles y centros para extranjeros (con mucho dinero) que ocupan la mayor parte del centro del pueblo y que se rodean de muros y por otro lado están los locales, que venden a precios de oro la verdura y fruta y que viven en las regiones más apartadas sin casi relación con los turistas.
Nuestra experiencia sin embargo fue algo distinta puesto que Lucía y Ale estaban al cuidado de tres perros y una casa en la ladera de la montaña. La casa al principio nos maravilló, porque aunque un tanto retirada, las vistas de la terraza eran espectaculares y el paseo para llegar era a través de las casas de un humilde barrio donde l@s niñ@s salian al paso para jugar, especialmente para que Ale, les hiciese “magia” con su bola de contact.
Pero aparte de la falta de electricidad o de lo complicado de llegar de noche, la casa escondía un gran inconveniente, y es que en este pueblo debe existir algún tipo de rivalidad entre la gran cantidad de iglesias que hay (evangélicas de todo tipo, católica, mormones...) y las misas diarias son retransmitidas a por megáfonos a todo el pueblo, creando un ambiente insoportable de seis a ocho de la tarde, especialmente si como en el caso de la casa que les habían prestado a nuestros amigos, tienes un par de iglesias bien cerca. De todos modos los amaneceres contemplando el lago desde la terraza hacían olvidar cualquier pena y le llenaban a uno de energía.
Y llenos de energía un día fuimos a la “nariz del indio”, un cerro que tiene gran parecido al perfil de un rostro humano (con nariz de indio) desde donde se pueden disfrutar de unas espectaculares vistas y otro día estuvimos venga a saltar al lago desde un mirador, hasta que Lucía se dio un tremendo culetazo y decidimos marcharnos a casa a realizar actividades menos arriesgadas.
Pero nuestro tiempo en Guatemala era limitado y todavía había muchos lugares que queríamos ver así que al cabo de dos días nos despedimos de Lucía y Ale con la esperanza de volverlos a ver antes de diciembre y tomamos de nuevo una lancha a Panajachel donde seguiríamos nuestro camino por tierra hasta la preciosa ciudad de Antigua Guatemala.
Palo y Mikel
P.D: Podéis ver más fotos del lago aquí y de Chichicastenango aquí. Además os dejamos con un pequeño video de lo que vimos en el lago.
domingo, 17 de octubre de 2010
Entre nubes y volcanes: Empieza Guatemala
A las ocho de la mañana nos recogió la furgoneta que nos llevaría hasta la Ciudad Cuauhtemoc en la frontera con Guatemala. Por suerte Bernard y unos amigos suyos también viajaban a Guate con nosotros (aunque su destino era otro) y el viaje fue ameno. Cuando llegamos a la frontera nos enteramos que la furgoneta que tenía que recogernos en La Mesilla, en el lado guatemalteco de la frontera, llegaría con 3 horas de retraso debido a nuevos derrumbes en la carretera. Así que nos armamos de paciencia (todavía nos quedaban muchas horas hasta nuestro destino) y pasamos el rato echando partidas de ajedrez, haciendo macramé y charlando. También allí nos sellaron el pasaporte y nos dieron 90 días para estar en el país, aunque a Paloma le hicieron el lío y le cobraron 2€ que en teoría no debían cobrarle. Las fronteras en estos países son así...Tras casi 12 horas de viaje llegamos a Xela, que es como todo el mundo conoce aquí a la ciudad de Quetzaltenango. Esta ciudad, aunque no tiene grandes encantos se encuentra situada en la zona del altiplano guatemalteco y es un excelente punto de partida para realizar numerosas excursiones a los volcanes y montañas de esta región. Porque lo primero que nos llamó la atención desde que entramos en Guatemala es precisamente lo escarpado del terreno y las inmensas montañas que se pueden ver por todos lados. Y el más alto de todos es el volcán Tajomulco, el cual alcanza la impresionante altura de 4220 metros. El punto más alto en todo Centroamérica cuya ascensión se convirtió en nuestro primer reto.
En el hostal al que fuimos parar precisamente se encuentra también
el local de Quetzaltrekkers, una organización de voluntarios que organizan diversas excursiones y cuyos fondos destinan a financiar una escuela y un hogar de niñ@s de la calle. Dio la casualidad que cuando llegamos había un grupo que se estaba preparando para subir al día siguiente al Tajomulco. La verdad es que nosotros veníamos con la intención de hacerlo por nuestra cuenta pero habíamos abandonado nuestra idea al sentir el frío que hacía en Xela (que está a la mitad de la altura), pero al conocer la organización y ver que salía un grupo al día siguiente nos animamos a subir con ell@s. Así que esa noche preparamos nuestras mochilas con todo el equipo que nos dieron, que serían unos 13 kilos de comida y ropa de abrigo que nos acompañarían hasta la base del cráter donde acamparíamos.
Sólo pudimos dormir unas horas porque a las cinco de la mañana salimos rumbo a la base del volcán que se encuentra a tres horas de camino. El grupo era curioso. Además de los guías (un chino, una estadounidense y un chico de Bilbao) nos acompañaban cuatro israelís, tres de ellas ortodoxas. Eso significaba que no comían nada que no fuera kosher, lo cual no es nada fácil si estás de viaje en Guatemala, tenían que llevar sus propios platos, cubiertos y cacerolas puesto que no podían haber tocado carne. Eso motivó que durante estos dos días que estuvimos junt@s hablásemos mucho sobre Judaísmo, Israel y las exigencias de una vida como las suya.Quien nos iba a decir a nosotros que aprenderíamos tanto sobre ese tema en lo alto de una montaña en Centroamérica.
La ascensión fue una verdadera aventura de la que disfrutamos
enormemente. Cinco extenuantes horas de subida cargando nuestras pesadas mochilas hasta la base del cráter donde acampamos y nos preparamos la cena entre charlas y caladas a una shisha que uno de los israelís cargaba con el a todas partes. Con la caída del sol llegó el helador frío que nos hizo abrigarnos como si estuviésemos en el Polo Norte y que nos llevó a la cama bien pronto. A las cuatro de la mañana sonó el despertador y con temperaturas por debajo de los cero grados comenzamos la ascensión de los últimos 200m para ver el amanecer desde la cima. Uno de los amaneceres más hermosos que jamás hayamos visto. Un mar de nubes del que asomaban numerosos volcanes como islas y al fondo, en el horizonte el rojo sol que poco a poco iba asomando. Al oeste se erguía una kilométrica sombra piramidal que llegaba hasta México como si estuviese señalando algún mágico lugar y justo tras nosotros estaba el inmenso cráter que permanecía oscuro y durmiente ajeno al sol que ya asomaba. Tras media hora de contemplación y un “saludo al Sol” regresamos al campamento a desayunar y tras ello descendimos, mucho más rápido de lo que lo subimos, el Tajomulco. Misión cumplida.
De recompensa en la base nos esperaba una riquísima comida y otras 3h de regreso a Xela.Esa tarde como os podéis imaginar estábamos hechos polvo pero gastamos nuestros últimos cartuchos de energía visitando la feria de la ciudad y tomando un cerveza en una fiesta que los voluntarios de Quetzal Trekkers organizaban para recaudar fondos.
Al día siguiente, aprovechando que ya habíamos entrado en la dinámica de madrugar nos levantamos prontos y nos fuimos a conocer la laguna de Chicabal, un lugar sagrado para los mayas mam, que consideran esta
laguna en que se encuentra en el interior del cráter de un volcán, como el centro de su cosmovisión. Un lugar muy mágico que suele estar envuelto en una espesa niebla que le da un aire todavía más místico. Aunque nosotros madrugamos de lo lindo no alcanzamos a verlo despejado, algo que sólo se consigue si se llega horas antes del medio día. De todos modos, disfrutamos de la excursión hasta allí a través de uno de los últimos bosque nubosos que quedan en Guatemala mientras imaginábamos ser uno de los cientos de personas que anualmente visitan la laguna para realizar ceremonias implorando a la lluvia.Nuestros primeros días en Guatemala nos habían dejado buen sabor de boca, no sólo por los espectaculares paisajes sino por su gente, una población mayoritariamente indígena (más del 60 por ciento de la población es maya) en la cual el español es sin duda alguna la segunda lengua y que a pesar de las recientes atrocidades que han sufrido siguen sonriendo a la vida y todo aquel que se cruzan en su camino.
Palo y Mikel
P.D: Podéis ver más fotos aquí
jueves, 14 de octubre de 2010
San Cris 2a parte: La vida en la huerta
Un soleado lunes del mes de Agosto nos mudamos a lo que sería nuestra nueva casa, un pequeño apartamento de dos habitaciones en el patio trasero del restaurante “La Casa del Pan”. Ese mismo día conocimos a nuestro nuevo compañero de piso y trabajo: Rudolph. Este reservado francés al que terminamos cogiendo mucho cariño es un experto granjero que creció entre vacas y lleva toda la vida en el campo, su verdadera pasión. Su español era nulo, su inglés curioso y su francés cerrado, por lo que la comunicación al principio fue difícil, pero poco a poco nuestro francés y su inglés se fueron soltando y nos fuimos acercando. Además a veces las palabras no hacen tanta falta.
Después de tantos meses viajando, fue casi un placer tener una rutina. Nos levantábamos un poco antes de las ocho, desayunábamos lo que las cocineras estimasen oportuno (demasiados frijoles que al final pasaron factura) y nos dábamos un paseo con el café en la mano hasta el mercado donde cogíamos la “combi” que nos llevaba hasta la huerta. Allí nos esperaban Esteban y Alejandro para cosechar, desyerbar (a lo que uno dedica mucho tiempo si tiene un huerto orgánico), preparar la tierra, sembrar, hacer “control biológico” y demás labores propias de la huerta, incluida la más desagradable: ir a buscar a un rancho cercano sacos de estiércol de vaca y cargar con ellos hasta la huerta.
La verdad es que se trataba de un trabajo bien agradable en el que cada uno llevaba el ritmo que quería (incluidos Alejandro y Esteban que se la pasaban apostando a las cartas), escuchando música en la radio o los programas de la radio zapatista que Alejandro se empeñaba en escuchar, charlando de esto y de aquello y haciendo nuestros descansos para ir a por fruta o tumbarnos al sol.
A las dos terminaba nuestra jornada con un hambre canina y casualmente, casi siempre era la hora a la que empezaba a llover por lo que muchos días llegábamos empapados a casa. Lo peor era que la ducha que nos esperaba no solía estar caliente, aunque nuestros males se curaban cuando a las tres empezábamos a comer. El menú siempre era parecido, un bufé con agua de frutas, delicioso pan casero, sopa o crema, barra infinita de ensaladas y un plato caliente que cada día cambiaba. Todo vegetariano,orgánico y tradicional. Una maravilla, excepto cuando se acaba el plato caliente y nos tocaba un tamal y frijoles los cuales la última semana no podíamos ni ver. Después de comer nos íbamos rodando hasta la cama donde solía caer una siestita.
Por las tardes siempre había algo que hacer, alguien a quien visitar o alguien aparecía por casa para pasar el rato. Además, muchas de las actividades estaban en el restaurante-centro cultural en el que vivíamos: yoga (al que Palo era asidua), capoeira, clown, películas...y hasta había un centro de terapias alternativas donde Palo aprovechó para hacer un curso de shiatsu-do. Lo malo es que si queríamos cenar gratis teníamos que pasar por casa sobre las ocho, aunque muchas veces no lo hacíamos porque ni siquiera teníamos hambre y además la cena no era gran cosa (sí, lo habéis adivinado, tamales y frijoles).
Además de las actividades varias que ofrece Sancris y de las que ya hemos hablado, cada vez íbamos conociendo más gente y a enterarnos de más proyectos: Bonny y Carlos, una pareja de personajes donde los haya, que trabajaban en un bar cercano; los chicos del Paliacate, un centro social recién inaugurado donde se mueven muchas cosas; Pistacho y Laura, con quienes afianzamos nuestra amistad y hacíamos planes juntos; la banda de Soulfire, que tocaban cada noche en un bar distinto y con quienes había muy buena onda; los artesanos de nuestra anterior casa a quienes íbamos a visitar de vez en cuando y nos enseñaban algo de artesanía; Constanza, Kal y Bárbara (nuestros anfitriones al llegar a San Cris), con quienes nos tomábamos un vino de vez en cuando; Lucía, Gema y Cris que durante este tiempo han estado yendo y viniendo de San Cris y las otras muchas personas que en una pequeña ciudad como ésta te encuentras en todos lados y con las que terminas entablando amistad.
En esas estábamos cuando llegó Javi para quedarse y trabajar con nosotros en la huerta. Con él llegó la música de su guitarra y algo más de alegría a la casa. Unos llegaban y otros se iban, porque justo entonces Lucía y las niñas se se fueron a comunidades durante quince días como observadoras de derechos humanos.
Los fines de semana eran tranquilos pero casi siempre estábamos enredados con algo. Sólo uno de ellos hicimos turismo fuera de San Cris y decidimos ir a conocer el cercano pueblo de San Juan de Chamula, famoso por su fuerte tradición indígena y por su singular iglesia donde se mezclan tradiciones católicas e indígenas en un espectacular sincretismo. En su lúgubre interior iluminado por centenares de velas está prohibido realizar fotos porque creen que se roba el alma a los santos allí representados. Lo que sí se puede hacer es observar los rezos, rituales y sanaciones con pollos, incienso, música, Coca-Cola , posh (tradicional licor de caña) y cohetes. Algo completamente diferente a lo que estamos acostumbrados que a todo aquel que entra le deja sin palabras y con los ojos bien abiertos. Esa misma tarde también visitamos el Museo de medicina maya, el cual nos ayudó a entender muchos de los rituales que se practican en las iglesias y nos quedamos sorprendidos con el trabajo de las parteras indígenas y la manera que tienen de dar a luz (de rodillas, sobre el piso de tierra y completamente vestida)
Los sábados por la noche siempre solía haber alguna función, generalmente de clown, en el espacio escénico que estaba justo encima de nuestra casa, así que no cabía la excusa de la pereza para no ir. Risas que luego se podían continuar con algún concierto (la música en vivo nunca falta en San Cris), alguna fiesta o alguna cena en casa de algún amig@.
Los domingos solíamos quedarnos en casa disfrutando de que se convertía en nuestro restaurante ya que se cerraba al público y nosotros lo abríamos a l@s amig@s. Nos preparábamos grandes comidas en la cocina que degustábamos al sol en la azotea, que además de tener buenas vistas, tenía una preciosa huerta.
Ya empezábamos a formar un buen equipo de huera cuando apareció por casa una risueña japonesa que comenzó a venir a la huerta con nosotros y a compartir mucho más que eso. Se llamaba Ayuchi. Después de una estresada vida en Tokio como diseñadora gráfica había decidido buscar algo que le llenase más y después de un tiempo por California, había terminado en México como wwoofer (trabajando en las huertas a cambio de comida y casa). Rápidamente nos enamoramos mutuamente y juntos pasamos todas las tardes. Juntos fuimos a clase de salsa (a las cuales sólo continuó yendo el ya no tan tímido Rudolph), hicimos un taller de queso, vimos documentales, pasamos la fiesta del bicentenario de la independencia de México y como despedida hicimos un taller de sushi. Su visita fue breve pero muy intensa. Pero otra vez unos venían y otros llegaban. Lucía llegó de comunidades y después de unos días de fiesta se marchó de nuevo a Oaxaca con Gema y Cris y Marisol, la madre de Javi, llegó para quedarse diez días en San Cristóbal y experienciar con mucha alegría nuestra vida en esta bella ciudad. Se vino un día a la huerta a trabajar con nosotros, aprendió a hacer macramé
(Palo que también está aprendiendo le enseñó un poco), cocinamos junt@s (en este caso ella fue la maestra), visitó el proyecto de Tzajalá donde Javi colaboró varias semanas, vimos cine y documentales y hasta se sumó a alguno de nuestros planes nocturnos. Fue un placer tenerla con nosotros con tanta motivación y sin poner una sola mala cara a nuestro modo de vida al que se adaptó como una más. Al cabo de unos días llegó el padre de Javi y con él, las lluvias torrenciales.
Con ellos aprovechamos para conocer el cañón del sumidero, una de las mayores atracciones turísticas de Chiapas. Se trata de un paseo por el río Grijalva observando las espectaculares paredes de piedra de hasta 1000 metros de altura así como las curiosas formaciones que se dan. Durante el paseo en barca, vimos cocodrilos, monos araña, zopilotes y bastantes troncos y basura en al agua debido a las fuertes lluvias que las arrastran. Este fue el único día que no cayó un aguacero, porque los días siguientes estuvo lloviendo sin parar provocando serias inundaciones en varios barrios de la ciudad. Fue el mismo temporal que azotó Oaxaca y Guatemala, cuyos destrozos más tarde comprobaríamos. Muy agradecidos por todas las cenitas a las que nos invitaron y su grata compañía y con la incertidumbre de si llegarían al aeropuerto, nos despedimos de ellos el domingo.
Se acercaba Octubre y con él dos meses desde que llegamos
a esta ciudad. Eran tiempos de cambio y de tomar decisiones: Laura y Pistacho se marcharon a Oaxaca, Lucía volvió de allí y se encontró con las sorpresa de que su novio Ale había venido desde España para viajar con ella, nuestro querido Rudolph se marchaba triste a un rancho de Estados Unidos, nuestra colaboración en la huerta se terminaba y con ella el tener una casa gratis, el COP 16 (la cumbre de NU sobre el clima) se acercaba y empezamos a implicarnos en algunas acciones relacionadas con ella...¿Y ahora qué? En un principio habíamos decidido ir a comunidades durante 15 días como observadores de derechos humanos, pero en el último momento cambiamos de planes y decidimos irnos a viajar por Guatemala quince días porque en realidad necesitábamos movernos y la visa había que renovarla en pocos días (y pensar que cuando nos dieron seis meses pensamos que nos sobrarían...).
A Javi le dejamos instalado en una casa que nos prestaron y que iba a ser compartida con los integrantes de Soulfire que la utilizarían como sala de ensayo. Nosotros nos marchamos rumbo a Quetzaltenango, Guatemala, sabiendo que en dos semanas regresaríamos a San Cris. Habíamos dejado muchas cosas pendientes y no éramos capaz de decirle definitivamente adiós. Con la tristeza de quien ha echado raíces en un lugar, le dijimos hasta luego.
Palo y Mikel
P.D: Podéis ver más fotos aquí
lunes, 20 de septiembre de 2010
San Cris: Parte 1
Lo primero que sentimos cuando bajamos del autobús fue frío. San Cris, como se conoce por acá, está a 2200 metros sobre el nivel del mar y se nota. Un lugar rodeado de montañas cubiertas de pinos donde las nubes pasan a ras de suelo y las envuelven.
Tras un largo camino con el macuto a la espalda llegamos a casa de Constanza y Kal, una mexicana y un Surcoreano que comparten una preciosa casa a los pies de un cerro. Se conocieron gracias al Couch Surfing y gracias al CS los encontramos. Tuvimos suerte ya que nos tocó un cuarto estupendo para nosotros solos en una casa que parecía un chalé de la sierra de Madrid.
Como desde el primer momento tuvimos la intención de que Sancris iba a dar para largo nuestros primeros días en la ciudad nos los planteamos tranquilamente, sin dedicarnos a hacer turismo y simplemente empezamos a descubrir la ciudad poco a poco, planteándonos también de que manera nos queríamos quedar. Resultaba que además de nosotros, Pistacho y Laura (nuestros amigos de Palenque) también querían quedarse en la ciudad un tiempo y pensamos que entre Lucía, Mingo, ellos y nosotros tal vez podríamos alquilar una casa barata. Veíamos un patio en nuestros sueños. Pero para eso teníamos que buscarnos la vida aquí, así que cada uno empezó a buscar por su lado. Mientras más conocíamos la ciudad más nos gustaba. Documentales gratis, conferencias, conciertos cada noche, teatro, cursos, librerías interesantes, clases de yoga, salsa,
reflexología o lo que fuera, bicicrítica, una infinidad de proyectos en los que poder participar, centros sociales y culturales... Todo en un ambiente muy interesante ya que en esta ciudad vienen a parar muchos viajeros que recorren el mundo como nosotros y que suelen quedarse aquí unas semanas, unos meses o unos años. Parada obligatoria para artesanos, músicos callejeros, activistas sociales y hippies buenrollistas. Uno siempre termina quedándose en San Cris más tiempo del que tenía pensado.
Nuestra búsqueda de algo a lo que dedicarnos aquí ganando algo de dinero, o sin gastar al menos cada se hacía más amplia. Desde ser camareros en una tetería-cine, hasta dedicarnos a vender pasteles por la calle o trabajar en un hostal por alojamiento. Por suerte no estuvimos muy presionados para decidir con el tema del alojamiento porque la vecina de Constanza y Kal, Bárbara, una chica austríaca que trabaja en una ONG local nos ofreció su linda casa durante una semana mientras ella estaba en la boda de un amigo en Monterrey. La suerte y la hospitalidad de la gente nos volvían a sonreir. Uno de esos días apareció Javi por San Cris, venía a pasar el finde ya que estaba viviendo en Tzajalá, un pequeño pueblo cerca de Ocosingo donde Marzo, un mexicano, chamán indígena y su esposa francesa Sylviane tienen un familiar proyecto de vida sustentable donde van a parar numerosos voluntarios y viajeros para echar una mano. Fue divertido darnos cuenta de que nosotros habíamos estado allá pocos días antes sin vernos y nos hubiésemos quedado si no hubiese que pagar, aunque poco, hospedaje.
Poco a poco nos dimos cuenta de lo difícil de encontrar una casa amueblada pero Mikel se dio cuenta de que una de las granjas de las que tenía contacto para trabajar por comida y alojamiento era la proveedora de la Casa del Pan, un restaurante vegetariano orgánico que ya habíamos visitado antes. Y preguntando nos dijeron que aceptaban voluntarios para trabajar media jornada en la huerta, que resultaba estar muy cerquita, por un riquísmo buffet orgánico y por cierto, con un pan que hacen allí mismo, delicioso. Así que fuimos un día y estuvimos trabajando con Alejandro y Esteban que están contratados. Nos enamoramos de la preciosa y enorme huerta en los cerros cercanos a San Cristobal, llena de verduras que no habíamos podido encontrar en todo México, y llena de flores y mariposas de todos lo colores. Más nos enamoramos aún cuando probamos la deliciosa y abundante comida de la Casa del Pan, así que nos propusimos dar la lata hasta conseguir trabajar en la huerta con algún tipo de trato que nos compensase. Porque por aquel entonces Barbara llegó de Monterrey y nosotros nos buscamos una habitación en una casa compartida.
Laura y Pistacho se habían mudado a una casa compartida en el centro en la que como dicen aquí, había muy buena vibra. Eran 7 pequeñas habitaciones y una cocina que daban a un pequeño patio con un lavadero que hacía de pasillo. Por poco dinero nos alquilamos una habitación y empezamos a compartir casa con un alemán profesor de yoga, un artesano mexicano y otro argentino, un carpintero artesano mexicano y con Laura, Pistacho y Lucía, que todavía no tenía muy claro que iba a hacer con su vida. Y aunque la casa nos encantó, no nos recibió muy bien que digamos. La primera noche ni siquiera la pudimos pasar en nuestra habitación porque estaba okupada por otros habitantes mucho más pequeños que nosotros. Las chinches malditas. Decenas de bichitos rojos chupasangre que inundaban la almohada. A Palo casi le da un ataque. Eso detonó en los días siguiente una guerra sin cuartel a las chinches que resultaba que se habían instalado en esa habitación hace unos meses y que por mucho que las hubiesen intentado eliminar siempre volvían a aparecer. Mientras Mikel fumigaba la habitación, sellaba la enorme grieta del muro que daba al jardín, desinfectaba sábanas y almohadas y hasta quemó con un soplete las rendijas de la cama donde dicen se esconden las chinches... Palo se apuntó a clases de yoga para no volverse loca. Al final parece que el soplete o el yoga hicieron sus efectos y las chinches no volvieron a hacer acto de presencia. Mientras Javi seguía viniendo los fines de semana de visita y cada vez nos conocíamos mejor los bares del lugar y la fauna que los frecuentaba.
También por esos días volvieron a aparecer Gema y Cris, que venían de Guatemala. Nosotros, después de pasar 2 veces al día durante semana y media por la Casa del Pan para preguntar por la señora Kippy, la dueña del restaurante que no nos había contestado a nuestro e-mails; pudimos hablar con ella y nos ofreció trabajar de lunes a viernes por tres comidas al día y un pequeño apartamento al fondo del restaurante. Justo lo que buscábamos. Además de poder disfrutar y aprender campo todos días, podíamos disfrutar de San Cristobal con riquísima comida gratis, viviendo en la calle principal de San Cristobal en un lugar que además es cine, un centro de terapias alternativas, un lugar donde hay clases de yoga, capoeira o clown entre otros, y muchas cosas más. Vamos, que parecía un buen sitio donde vivir.
Ya mucho más tranquilos por tener el horizonte de nuestro futuro despejado nos despedimos de nuestros compañeros de casa con los que habíamos compartido una semana y nos fuimos con Gema, Cris y Lucía, a Tzajalá unos días antes de mudarnos a la que sería nuestra nueva casa. Allí estuvimos con Javi y con otr@s much@s voluntari@s que estaban finalizando una especie de campamento en el que estuvieron haciendo diversos trabajos. Mikel estuvo ayudando a Javi a finalizar un deshidratador solar (para frutas, setas...) Palo estuvo trasplantando nísperos y aprendiendo un poco de botánica. Por la tarde disfrutábamos del río y de la tranquilidad del campo. Pero lo mejor de todo fue poder participar en un temazcal,una ritual que se realiza en una pequeña cabaña de ramas cubierta de mantas donde si introducen piedras calientes y mientras se disfruta de la sauna se canta, se tocan instrumentos y se suda, se suda mucho. Todo dirigido por Marzo, que es un chaman reconocido en la zona y que nos estuvo guiando a través de las cinco “puertas” que hay que pasar antes de poder salir. Fue muy duro (en ocasiones el calor y la humedad eran extremos) pero conseguimos terminarlo (muchos salieron antes del final) aunque salimos totalmente cubiertos de lodo que se formaba en el interior del inipi (así se llama ese tipo de cabañas) y con el que nos cubríamos para refrescarnos. Fue una experiencia muy bonita que tuvimos la suerte de poder realizar con nuestro amigos en un lugar tan mágico como Tzajalá. Al día siguiente, después de comer volvimos a regresar a San Cristobal donde nos esperaba nuestra nueva rutina. Un poco de estabilidad.
Palo y Mikel
P.D. Podéis ver más fotos aquí
viernes, 10 de septiembre de 2010
Microcosmos








