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miércoles, 24 de noviembre de 2010

En territorio maya

El último destino durante el breve tour por Guatemala fue la isla de Flores y las cercanas ruinas de Tikal, ambas localizadas en el extenso estado de El Petén, que casi ocupa la mitad del país. Durante horas recorrimos interminables carreteras en línea recta flanqueadas por extensos monocultivos de palma africana, papaya o banano. Estos terrenos fueron arrancados a la jungla en un área que hace cien años era prácticamente inaccesible. Ahora, colonos y empresas extranjeras favorecidos por el gobierno se reparten los suculentos dividendos de la agricultura destinada a la exportación.

Flores es una preciosa y minúscula ciudad ubicada en una pequeña isla sobre el lago de Petén-Itza y está conectada por un puente a Santa Elena, una ciudad mucho más grande y sin mayor atractivo.

Este es lugar de base de todo aquel que va a visitar las famosas ruinas de Tikal, que se encuentrar a pocos kilómetros.

Nosotros tan sólo pasamos un par de días por allá, y uno de ellos lo dedicamos en exclusiva a visitar la más grande y espectacular de todas las ciudades mayas que hemos visto.

Como íbamos un poco cortos de dinero y la entrada ya costaba lo suyo (después de recorrerte medio país, no es plan no ir a las ruinas porque cuestan un pastón...), en un principio teníamos previsto ir sin guía, pero en la furgoneta que nos llevaba a la zona arqueológica conocimos a Nacho, un madrileño que trabaja en EE.UU. y que se había tomado un año sabático para viajar y para visiar ruinas mayas, que le apasionaban. Él ya era la segunda vez que visitaba Tikal (y acababa de llegar de una excursión de 6 días por la jungla para visitar unas remotas ruinas) y esta vez iba a visitarlas en compañía de Juan, un viejo guía con el que había entablado amistad. Así que como ya lo tenía apalabrado y vio que nosotros no íbamos a pagar guía pues nos invitó a compartirlo.

Y menuda suerte la nuestra, porque la experiencia de visitar estas ruinas fue totalmente distinta. Juan se conocía de corazón toda la historia de Tikal y de los mayas en general, un verdadero apasionado del tema que se emocionaba mostrándonos lugares recónditos de Tikal y que además sabía un montón sobre la flora y la fauna de la selva, porque las ruinas de Tikal están en plena jungla. Así que de la mano de Juan conocimos los templos mayas y desciframos sus estelas, aprendiendo sobre sus distintas dinastías, guerras y períodos que pasó esta ciudad maya. Él nos habló de todo lo que albergaban aquellos templos que teníamos frente a nosotros y que no había sido revelado para evitar su degradación, incluido el enorme templo IV que con sus 640 m es considerada la construcción excavada más alta de la América Precolombina.

Estuvimos casi ocho horas paseando por esta jungla plagada de templos sin cruzarnos a casi ningún turista (estos visitan tan sólo las partes más importantes de las ruinas y sus tours vuelven pronto a Flores).

Maravillados por el mundo maya al que nos había introducido Juan y Nacho, que también era un experto en el tema, quedamos a cenar con Nacho y unas arqueólogas de la Universidad de Alicante que estaban trabajando en unas ruinas no muy alejadas de Flores. Ellas nos contaron sobre el trabajo de los arqueólogos, las distintas maneras de realizar excavaciones, sobre los saqueadores de ruinas (todas las ruinas que se excavan han sido ya saqueadas en varias veces por buscatesoros muy profesionales) y las penurias laborales de l@s arqueólog@s en España (especialmente si tu disciplina sólo se encuentra al otro lado del Atlántico)

La mañana siguiente emprendimos camino de regreso a México y para ello cogimos un bus que nos llevaría hasta la Técnica, a las orillas del río Usumacinta, que en esta parte del país delimita la frontera con México. En la aduana guatemalteca los funcionarios nos intentaron timar exigiéndonos el pago de un impuesto por el “abandono de país por vía fluvial”. Nosotros nos mantuvimos firmes porque sabíamos que este tipo de timos ocurren frecuentemente en las fronteras de Centroamérica y les exigíamos un justificante que evidentemente decían no poder otorgar. Después de discutir con dos funcionarios y bajo la amenaza de ponernos en una lista negra, conseguimos marcharnos con nuestro sello de salida y sin tener que pagar ni un quetzal. Eso sí, el tipo, muy cómicamente hizo como que introducía nuestros datos en una base de datos de morosos.

Otro suceso interesante fue descubrir que la mayor parte de los que llegamos a la frontera eran jóvenes emigrantes de Centroamérica rumbo a la frontera con EE.UU. Mientras nosotros negociábamos la tarifa con un barquero que nos llevaría a la orilla mexicana, ellos buscaban vías alternativas para poder cruzar sin tener que pasar por el puesto de migración mexicano. Nosotros les deseamos buena suerte en el difícil camino que les quedaba por delante y desde la barca les dijimos adiós.

Así acabaron nuestros días por Guatemala, una tierra que nos había encantado con sus maravillas naturales y la amabilidad de sus gentes indígenas.

Palo y Mikel

P.D: Podéis ver más fotos aquí

jueves, 18 de noviembre de 2010

Contrastes de Guatemala

El siguiente destino después de nuestros días en el lago Atitlán fue la bonita ciudad de Antigua Guatemala, llamada así porque durante muchos años fue la capital del Reino de Guatemala que comprendía a los actuales Estados de Belice, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y el estado mexicano de Chiapas. A causa de dos graves terremotos en 1773 en los que la ciudad fue destruida se decidió trasladar la capital a un lugar más seguro, naciendo así la actual capital del país: Ciudad de Guatemala.

La belleza colonial de esta ciudad fue reconocida por la UNESCO al nombrarla Patrimonio cultural de la humanidad en 1979 y no es para menos ya que nos pareció quizás una de las ciudades coloniales más bonitas que hayamos visto. Además, en contraste con el resto de Guatemala, sus calles están limpias de basura, los coches casi no circulan por sus empedradas calles, los edificios están perfectamente restaurados y la publicidad muy limitada y discreta. También, a diferencia del resto de lugares que habíamos visto en Guatemala, la población indígena era muy reducida, y la opulencia mestiza muy visible.

Es una parada obligada para los turistas que llegan a Guatemala y nosotros no nos la queríamos perder. Otro de sus atractivos son los tres volcanes que la rodean (el volcán del Agua, el del Fuego y el Acatenango), pero sobre todo el volcán Pacaya, el cual se encuentra activo y que el pasado junio entró en erupción bloqueando gran parte de la región.

Nosotros sólo estuvimos un par de días, pero lo disfrutamos paseando por sus tranquilas y hermosas calles y gozando de esos pequeños lujos occidentales como tomar un expreso en un terraza con wi-fi. Estos breves placeres acabaron con un terrible y largo viaje de más de doce horas hasta Semuc Champey que nos devolvió a la otra realidad guatemalteca. Tres buses, un taxi, una furgoneta y una barca para recorrer unos 300 km. Todo un ejercicio de contorsionismo y paciencia.

Cuando llegamos a nuestro destino tardamos poco en irnos a dormir, al día siguiente nos esperaba un día de aventura. Nos levantamos temprano y nos fuimos a conocer las famosas pozas de Semuc Champey que en lengua maya local significa “Donde el río desaparece”. Esta maravilla es un puente de piedra natural de unos 300 metros bajo el que pasa el río Cahabón y sobre el cual se han formado una serie de pozas alimentadas por arroyos que bajan de las laderas y que adquieren preciosos colores según la época del año.

Lo primero que hicimos fue subir hasta un mirador donde pudimos apreciar la belleza de este monumento natural y luego bajamos hasta las pozas para bañarnos y saltar de una a otra como ranas. Después de un paseo por el parque llegamos al lugar de nuestra siguiente aventura: las cuevas de Ka'n Ba, donde nos adentramos en la total oscuridad de estas grutas armados tan sólo con una pequeña vela que no nos iluminaba más allá de nuestra mano. Siguiendo de cerca a Sebastián, nuestro guía, recorrimos los primeros 900m de este río subterráneo, descolgándonos por cuerdas, nadando con nuestra vela en la mano, y reptando por estrechas vías. Sin casco, casi sin luz y con un acondicionamiento de lo más precario, esta experiencia nos hizo descargar adrenalina y nos alegramos mucho cuando volvimos a ver la luz. Nuestro día de aventura acabó con unos cuantos saltos al río desde un enorme columpio y un placentero descenso del río en una cámara de camión.

Esa noche no había nadie en el hotel salvo nosotros, que nos fuimos pronto a dormir porque a las cinco de la mañana empezaba otro largo día de viaje con destino la ciudad de Flores, aunque todavía nos esperaba una última sorpresa: justo cuando nos acabábamos de dormir nos despertaron unos disparos de escopeta y al levantarnos vimos a uno de los chicos del hotel con una linterna entre la maleza gritando insultos a alguien. Y es que allí no se andan con chiquitas y cuando alguien se cuela en tu propiedad (posiblemente para robar algo en alguna habitación) no parece raro intentar darle caza como un conejo. Por suerte la noche no acabó en tragedia y todavía a la sombra de la noche pudimos emprender otro interminable viaje de más de 10h rumbo norte.

Palo y Mikel

P.D: Podéis ver más fotos de Antigua aquí y de Semuc Champey aquí

P.D: Los de la foto en la cueva no somos nosotros, así que no os molestéis en intentar reconocernos.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Allá donde el agua y el fuego se juntan

En colorido Chicken bus, dando botes sin parar y mareados por las millones de curvas de la carretera que cruza el altiplano Guatemalteco, llegamos al Lago Atitlán. Un lugar del que habíamos oído hablar mucho. Muchos dicen que es unos de los lagos más bonitos del mundo, y la verdad es que al menos a nosotros nos parece el más bello de los que hemos visto. Rodeado de volcanes, a sus orillas existen una serie de pueblos muy diferentes y cada uno con su encanto. Nosotros visitamos tres, el primero de ellos llamado San Pedro la Laguna. Este es uno de los más turísticos, pero el turista que atrae no se parece al de las mansiones de varias plantas de Santa Cruz la Laguna, o la concurrida y atractiva ciudad de Panajachel. A San Pedro llegan mochileros de todo el mundo, muchos de los cuales vienen a aprender español y se quedan al menos un par de semanas jugando al billar y tomando una Gallo en uno de sus múltiples chiringuitos. Por sus estrechas calles pitan los tucs-tucs (taxis motocarro de tres ruedas) mientras l@s artesan@s y las señoras que venden zumos además de exquisitos bizcochos de banana se disputan los mejores lugares de la calle.

Tanto turismo mochilero ha desencadenado una increíble competencia de precios entre los muchos hoteles que hay, llegando al disparate de cobrar por una habitación doble con baño lo mismo que por un litro de cerveza. Nosotros encontramos una verdadera ganga donde descansar disfrutando de una habitación para nosotros solos y de unas preciosas vistas a este mágico lago. Y así pasamos un par de días dando paseos, tomándonos ricos zumos y disfrutando de las vistas así como visitando su iglesia (al menos la más grande y vistosa), que no es católica si no evangélica baptista. Un sentimiento extraño el de ver a todos esos indígenas mayas en un templo que tanto nos recordaba a los de EE.UU.

El domingo sin embargo nos fuimos a pasar el día a Chichicastenango, un pueblo muy conocido por su mercado dominical. Y no es para menos, porque este día de guardar todas las calles del pueblo amanecen repletas de puestos de artesanía, ropa y comida. Es uno de los mercados más famosos de Guatemala al que llegan cientos de turistas en busca de los souvenirs que llevar a sus familias y decorar el salón de casa. La competencia es brutal y los precios relativos.

Un lugar lleno de colores pero que cada vez se parece más a un centro comercial donde lo que se vende como artesanía está hecha en una fábrica de China. Se pueden comprar todo tipo de productos y ropa de “estilo indígena” a precios de ganga (nosotros conseguimos que nos rebajasen cosas en más de 50%) así que todo el mundo sale cargado de bolsas de plástico llenas de regalos inútiles que posiblemente se le romperán en menos de un año. Consumismo feroz que no logró atraparnos gracias que que no quisimos llevar casi dinero. Lo que sí que nos gustó mucho es un mural que había en el mercado en el que por medio de dibujos infantiles se relataba la guerra, con todas sus atrocidades, en una región donde los niños jugando mientras nos golpeaban nos gritaban: ¡soldado, soldado!. El otro atractivo de “Chichi”, como también se conoce a esta ciudad, es el ídolo llamado Pascual Ajab. Un cerro donde hay una gran roca negra por el hollín de las velas donde difícilmente se adivina las facciones de un rostro. A este sagrado cerro acuden numerosos indígenas a realizar todo tipo de ceremonias y ofrendas.La vuelta en la combi fue con un grupo de seis israelís, otros más de los muchos que nos cruzamos desde que estamos en Guatemala. Parece que irse de viaje a Latinoamérica es como un rito de despedida de su juventud que tiene la mayor parte de ell@s tras terminar su servicio militar (nada más que 3 años para ellas y 5 para ellos).

La mañana siguiente bajamos al muelle y tomamos un barca para cruzar al pequeño y místico pueblo de San Marcos la Laguna, donde nos esperaban Lucía y Ale. Este lugar ha venido atrayendo desde hace muchos años a gente atraída por su misticismo hasta el punto que hoy existen innumerables centros de curación holística, espiritualidad, yoga, meditación, y todo tipo de terapias alternativas que a veces rayan lo absurdo. Esto atrae a diversos personajes de los más curioso, como Bill o “el doctor”, un gringo que da charlas gratuitas sobre la kábala, aunque de una manera muy peculiar; o Merlín, un francés con aspecto de anacoreta y que mas que hablar parece cantar y que se dedica a trabajar el vidrio.

Todo esto ha hecho que San Marcos se haya polarizado: Por por un lado existen todos estos hoteles y centros para extranjeros (con mucho dinero) que ocupan la mayor parte del centro del pueblo y que se rodean de muros y por otro lado están los locales, que venden a precios de oro la verdura y fruta y que viven en las regiones más apartadas sin casi relación con los turistas.

Nuestra experiencia sin embargo fue algo distinta puesto que Lucía y Ale estaban al cuidado de tres perros y una casa en la ladera de la montaña. La casa al principio nos maravilló, porque aunque un tanto retirada, las vistas de la terraza eran espectaculares y el paseo para llegar era a través de las casas de un humilde barrio donde l@s niñ@s salian al paso para jugar, especialmente para que Ale, les hiciese “magia” con su bola de contact.

Pero aparte de la falta de electricidad o de lo complicado de llegar de noche, la casa escondía un gran inconveniente, y es que en este pueblo debe existir algún tipo de rivalidad entre la gran cantidad de iglesias que hay (evangélicas de todo tipo, católica, mormones...) y las misas diarias son retransmitidas a por megáfonos a todo el pueblo, creando un ambiente insoportable de seis a ocho de la tarde, especialmente si como en el caso de la casa que les habían prestado a nuestros amigos, tienes un par de iglesias bien cerca. De todos modos los amaneceres contemplando el lago desde la terraza hacían olvidar cualquier pena y le llenaban a uno de energía.

Y llenos de energía un día fuimos a la “nariz del indio”, un cerro que tiene gran parecido al perfil de un rostro humano (con nariz de indio) desde donde se pueden disfrutar de unas espectaculares vistas y otro día estuvimos venga a saltar al lago desde un mirador, hasta que Lucía se dio un tremendo culetazo y decidimos marcharnos a casa a realizar actividades menos arriesgadas.

Pero nuestro tiempo en Guatemala era limitado y todavía había muchos lugares que queríamos ver así que al cabo de dos días nos despedimos de Lucía y Ale con la esperanza de volverlos a ver antes de diciembre y tomamos de nuevo una lancha a Panajachel donde seguiríamos nuestro camino por tierra hasta la preciosa ciudad de Antigua Guatemala.

Palo y Mikel

P.D: Podéis ver más fotos del lago aquí y de Chichicastenango aquí. Además os dejamos con un pequeño video de lo que vimos en el lago.

domingo, 17 de octubre de 2010

Entre nubes y volcanes: Empieza Guatemala

A las ocho de la mañana nos recogió la furgoneta que nos llevaría hasta la Ciudad Cuauhtemoc en la frontera con Guatemala. Por suerte Bernard y unos amigos suyos también viajaban a Guate con nosotros (aunque su destino era otro) y el viaje fue ameno. Cuando llegamos a la frontera nos enteramos que la furgoneta que tenía que recogernos en La Mesilla, en el lado guatemalteco de la frontera, llegaría con 3 horas de retraso debido a nuevos derrumbes en la carretera. Así que nos armamos de paciencia (todavía nos quedaban muchas horas hasta nuestro destino) y pasamos el rato echando partidas de ajedrez, haciendo macramé y charlando. También allí nos sellaron el pasaporte y nos dieron 90 días para estar en el país, aunque a Paloma le hicieron el lío y le cobraron 2€ que en teoría no debían cobrarle. Las fronteras en estos países son así...
Por fin llegó nuestra furgoneta y comenzó el resto del trayecto hasta Quetzaltenango, la segunda ciudad más grande de Guatemala. En la carretera (la panamericana) comprobamos los destrozos que había causado el temporal que había azotado el país hace escasos días. Decenas de derrumbes habían bloqueado la carretera que ahora se podía transitar, aunque lentamente, gracias a los estrechos pasos abiertos. La única carretera de dos carriles por sentido que hemos visto en Guatemala se encontraba casi inservible por los derrumbes que según nos contaron habían sucedido hace ya más de una semana aunque los trabajos de limpieza no habían comenzado practicamente.
Tras casi 12 horas de viaje llegamos a Xela, que es como todo el mundo conoce aquí a la ciudad de Quetzaltenango. Esta ciudad, aunque no tiene grandes encantos se encuentra situada en la zona del altiplano guatemalteco y es un excelente punto de partida para realizar numerosas excursiones a los volcanes y montañas de esta región. Porque lo primero que nos llamó la atención desde que entramos en Guatemala es precisamente lo escarpado del terreno y las inmensas montañas que se pueden ver por todos lados. Y el más alto de todos es el volcán Tajomulco, el cual alcanza la impresionante altura de 4220 metros. El punto más alto en todo Centroamérica cuya ascensión se convirtió en nuestro primer reto.
En el hostal al que fuimos parar precisamente se encuentra también el local de Quetzaltrekkers, una organización de voluntarios que organizan diversas excursiones y cuyos fondos destinan a financiar una escuela y un hogar de niñ@s de la calle. Dio la casualidad que cuando llegamos había un grupo que se estaba preparando para subir al día siguiente al Tajomulco. La verdad es que nosotros veníamos con la intención de hacerlo por nuestra cuenta pero habíamos abandonado nuestra idea al sentir el frío que hacía en Xela (que está a la mitad de la altura), pero al conocer la organización y ver que salía un grupo al día siguiente nos animamos a subir con ell@s. Así que esa noche preparamos nuestras mochilas con todo el equipo que nos dieron, que serían unos 13 kilos de comida y ropa de abrigo que nos acompañarían hasta la base del cráter donde acamparíamos.
Sólo pudimos dormir unas horas porque a las cinco de la mañana salimos rumbo a la base del volcán que se encuentra a tres horas de camino. El grupo era curioso. Además de los guías (un chino, una estadounidense y un chico de Bilbao) nos acompañaban cuatro israelís, tres de ellas ortodoxas. Eso significaba que no comían nada que no fuera kosher, lo cual no es nada fácil si estás de viaje en Guatemala, tenían que llevar sus propios platos, cubiertos y cacerolas puesto que no podían haber tocado carne. Eso motivó que durante estos dos días que estuvimos junt@s hablásemos mucho sobre Judaísmo, Israel y las exigencias de una vida como las suya.
Quien nos iba a decir a nosotros que aprenderíamos tanto sobre ese tema en lo alto de una montaña en Centroamérica.
La ascensión fue una verdadera aventura de la que disfrutamos enormemente. Cinco extenuantes horas de subida cargando nuestras pesadas mochilas hasta la base del cráter donde acampamos y nos preparamos la cena entre charlas y caladas a una shisha que uno de los israelís cargaba con el a todas partes. Con la caída del sol llegó el helador frío que nos hizo abrigarnos como si estuviésemos en el Polo Norte y que nos llevó a la cama bien pronto. A las cuatro de la mañana sonó el despertador y con temperaturas por debajo de los cero grados comenzamos la ascensión de los últimos 200m para ver el amanecer desde la cima. Uno de los amaneceres más hermosos que jamás hayamos visto. Un mar de nubes del que asomaban numerosos volcanes como islas y al fondo, en el horizonte el rojo sol que poco a poco iba asomando. Al oeste se erguía una kilométrica sombra piramidal que llegaba hasta México como si estuviese señalando algún mágico lugar y justo tras nosotros estaba el inmenso cráter que permanecía oscuro y durmiente ajeno al sol que ya asomaba. Tras media hora de contemplación y un “saludo al Sol” regresamos al campamento a desayunar y tras ello descendimos, mucho más rápido de lo que lo subimos, el Tajomulco. Misión cumplida.
De recompensa en la base nos esperaba una riquísima comida y otras 3h de regreso a Xela.
Esa tarde como os podéis imaginar estábamos hechos polvo pero gastamos nuestros últimos cartuchos de energía visitando la feria de la ciudad y tomando un cerveza en una fiesta que los voluntarios de Quetzal Trekkers organizaban para recaudar fondos.
Al día siguiente, aprovechando que ya habíamos entrado en la dinámica de madrugar nos levantamos prontos y nos fuimos a conocer la laguna de Chicabal, un lugar sagrado para los mayas mam, que consideran esta laguna en que se encuentra en el interior del cráter de un volcán, como el centro de su cosmovisión. Un lugar muy mágico que suele estar envuelto en una espesa niebla que le da un aire todavía más místico. Aunque nosotros madrugamos de lo lindo no alcanzamos a verlo despejado, algo que sólo se consigue si se llega horas antes del medio día. De todos modos, disfrutamos de la excursión hasta allí a través de uno de los últimos bosque nubosos que quedan en Guatemala mientras imaginábamos ser uno de los cientos de personas que anualmente visitan la laguna para realizar ceremonias implorando a la lluvia.
Esa misma tarde regresamos a Xela y en un “chicken bus”(uno de esos autobuses escolares estadounidenses que aquí se usan como transporte público) emprendimos camino al lago Atitlán.
Nuestros primeros días en Guatemala nos habían dejado buen sabor de boca, no sólo por los espectaculares paisajes sino por su gente, una población mayoritariamente indígena (más del 60 por ciento de la población es maya) en la cual el español es sin duda alguna la segunda lengua y que a pesar de las recientes atrocidades que han sufrido siguen sonriendo a la vida y todo aquel que se cruzan en su camino.

Palo y Mikel

P.D: Podéis ver más fotos aquí

jueves, 14 de octubre de 2010

San Cris 2a parte: La vida en la huerta

Un soleado lunes del mes de Agosto nos mudamos a lo que sería nuestra nueva casa, un pequeño apartamento de dos habitaciones en el patio trasero del restaurante “La Casa del Pan”. Ese mismo día conocimos a nuestro nuevo compañero de piso y trabajo: Rudolph. Este reservado francés al que terminamos cogiendo mucho cariño es un experto granjero que creció entre vacas y lleva toda la vida en el campo, su verdadera pasión. Su español era nulo, su inglés curioso y su francés cerrado, por lo que la comunicación al principio fue difícil, pero poco a poco nuestro francés y su inglés se fueron soltando y nos fuimos acercando. Además a veces las palabras no hacen tanta falta.

Después de tantos meses viajando, fue casi un placer tener una rutina. Nos levantábamos un poco antes de las ocho, desayunábamos lo que las cocineras estimasen oportuno (demasiados frijoles que al final pasaron factura) y nos dábamos un paseo con el café en la mano hasta el mercado donde cogíamos la “combi” que nos llevaba hasta la huerta. Allí nos esperaban Esteban y Alejandro para cosechar, desyerbar (a lo que uno dedica mucho tiempo si tiene un huerto orgánico), preparar la tierra, sembrar, hacer “control biológico” y demás labores propias de la huerta, incluida la más desagradable: ir a buscar a un rancho cercano sacos de estiércol de vaca y cargar con ellos hasta la huerta.

La verdad es que se trataba de un trabajo bien agradable en el que cada uno llevaba el ritmo que quería (incluidos Alejandro y Esteban que se la pasaban apostando a las cartas), escuchando música en la radio o los programas de la radio zapatista que Alejandro se empeñaba en escuchar, charlando de esto y de aquello y haciendo nuestros descansos para ir a por fruta o tumbarnos al sol.

A las dos terminaba nuestra jornada con un hambre canina y casualmente, casi siempre era la hora a la que empezaba a llover por lo que muchos días llegábamos empapados a casa. Lo peor era que la ducha que nos esperaba no solía estar caliente, aunque nuestros males se curaban cuando a las tres empezábamos a comer. El menú siempre era parecido, un bufé con agua de frutas, delicioso pan casero, sopa o crema, barra infinita de ensaladas y un plato caliente que cada día cambiaba. Todo vegetariano,orgánico y tradicional. Una maravilla, excepto cuando se acaba el plato caliente y nos tocaba un tamal y frijoles los cuales la última semana no podíamos ni ver. Después de comer nos íbamos rodando hasta la cama donde solía caer una siestita.

Por las tardes siempre había algo que hacer, alguien a quien visitar o alguien aparecía por casa para pasar el rato. Además, muchas de las actividades estaban en el restaurante-centro cultural en el que vivíamos: yoga (al que Palo era asidua), capoeira, clown, películas...y hasta había un centro de terapias alternativas donde Palo aprovechó para hacer un curso de shiatsu-do. Lo malo es que si queríamos cenar gratis teníamos que pasar por casa sobre las ocho, aunque muchas veces no lo hacíamos porque ni siquiera teníamos hambre y además la cena no era gran cosa (sí, lo habéis adivinado, tamales y frijoles).

Además de las actividades varias que ofrece Sancris y de las que ya hemos hablado, cada vez íbamos conociendo más gente y a enterarnos de más proyectos: Bonny y Carlos, una pareja de personajes donde los haya, que trabajaban en un bar cercano; los chicos del Paliacate, un centro social recién inaugurado donde se mueven muchas cosas; Pistacho y Laura, con quienes afianzamos nuestra amistad y hacíamos planes juntos; la banda de Soulfire, que tocaban cada noche en un bar distinto y con quienes había muy buena onda; los artesanos de nuestra anterior casa a quienes íbamos a visitar de vez en cuando y nos enseñaban algo de artesanía; Constanza, Kal y Bárbara (nuestros anfitriones al llegar a San Cris), con quienes nos tomábamos un vino de vez en cuando; Lucía, Gema y Cris que durante este tiempo han estado yendo y viniendo de San Cris y las otras muchas personas que en una pequeña ciudad como ésta te encuentras en todos lados y con las que terminas entablando amistad.

En esas estábamos cuando llegó Javi para quedarse y trabajar con nosotros en la huerta. Con él llegó la música de su guitarra y algo más de alegría a la casa. Unos llegaban y otros se iban, porque justo entonces Lucía y las niñas se se fueron a comunidades durante quince días como observadoras de derechos humanos.

Los fines de semana eran tranquilos pero casi siempre estábamos enredados con algo. Sólo uno de ellos hicimos turismo fuera de San Cris y decidimos ir a conocer el cercano pueblo de San Juan de Chamula, famoso por su fuerte tradición indígena y por su singular iglesia donde se mezclan tradiciones católicas e indígenas en un espectacular sincretismo. En su lúgubre interior iluminado por centenares de velas está prohibido realizar fotos porque creen que se roba el alma a los santos allí representados. Lo que sí se puede hacer es observar los rezos, rituales y sanaciones con pollos, incienso, música, Coca-Cola , posh (tradicional licor de caña) y cohetes. Algo completamente diferente a lo que estamos acostumbrados que a todo aquel que entra le deja sin palabras y con los ojos bien abiertos. Esa misma tarde también visitamos el Museo de medicina maya, el cual nos ayudó a entender muchos de los rituales que se practican en las iglesias y nos quedamos sorprendidos con el trabajo de las parteras indígenas y la manera que tienen de dar a luz (de rodillas, sobre el piso de tierra y completamente vestida)

Los sábados por la noche siempre solía haber alguna función, generalmente de clown, en el espacio escénico que estaba justo encima de nuestra casa, así que no cabía la excusa de la pereza para no ir. Risas que luego se podían continuar con algún concierto (la música en vivo nunca falta en San Cris), alguna fiesta o alguna cena en casa de algún amig@.

Los domingos solíamos quedarnos en casa disfrutando de que se convertía en nuestro restaurante ya que se cerraba al público y nosotros lo abríamos a l@s amig@s. Nos preparábamos grandes comidas en la cocina que degustábamos al sol en la azotea, que además de tener buenas vistas, tenía una preciosa huerta.

Ya empezábamos a formar un buen equipo de huera cuando apareció por casa una risueña japonesa que comenzó a venir a la huerta con nosotros y a compartir mucho más que eso. Se llamaba Ayuchi. Después de una estresada vida en Tokio como diseñadora gráfica había decidido buscar algo que le llenase más y después de un tiempo por California, había terminado en México como wwoofer (trabajando en las huertas a cambio de comida y casa). Rápidamente nos enamoramos mutuamente y juntos pasamos todas las tardes. Juntos fuimos a clase de salsa (a las cuales sólo continuó yendo el ya no tan tímido Rudolph), hicimos un taller de queso, vimos documentales, pasamos la fiesta del bicentenario de la independencia de México y como despedida hicimos un taller de sushi. Su visita fue breve pero muy intensa. Pero otra vez unos venían y otros llegaban. Lucía llegó de comunidades y después de unos días de fiesta se marchó de nuevo a Oaxaca con Gema y Cris y Marisol, la madre de Javi, llegó para quedarse diez días en San Cristóbal y experienciar con mucha alegría nuestra vida en esta bella ciudad. Se vino un día a la huerta a trabajar con nosotros, aprendió a hacer macramé (Palo que también está aprendiendo le enseñó un poco), cocinamos junt@s (en este caso ella fue la maestra), visitó el proyecto de Tzajalá donde Javi colaboró varias semanas, vimos cine y documentales y hasta se sumó a alguno de nuestros planes nocturnos. Fue un placer tenerla con nosotros con tanta motivación y sin poner una sola mala cara a nuestro modo de vida al que se adaptó como una más. Al cabo de unos días llegó el padre de Javi y con él, las lluvias torrenciales.

Con ellos aprovechamos para conocer el cañón del sumidero, una de las mayores atracciones turísticas de Chiapas. Se trata de un paseo por el río Grijalva observando las espectaculares paredes de piedra de hasta 1000 metros de altura así como las curiosas formaciones que se dan. Durante el paseo en barca, vimos cocodrilos, monos araña, zopilotes y bastantes troncos y basura en al agua debido a las fuertes lluvias que las arrastran. Este fue el único día que no cayó un aguacero, porque los días siguientes estuvo lloviendo sin parar provocando serias inundaciones en varios barrios de la ciudad. Fue el mismo temporal que azotó Oaxaca y Guatemala, cuyos destrozos más tarde comprobaríamos. Muy agradecidos por todas las cenitas a las que nos invitaron y su grata compañía y con la incertidumbre de si llegarían al aeropuerto, nos despedimos de ellos el domingo.

Se acercaba Octubre y con él dos meses desde que llegamos a esta ciudad. Eran tiempos de cambio y de tomar decisiones: Laura y Pistacho se marcharon a Oaxaca, Lucía volvió de allí y se encontró con las sorpresa de que su novio Ale había venido desde España para viajar con ella, nuestro querido Rudolph se marchaba triste a un rancho de Estados Unidos, nuestra colaboración en la huerta se terminaba y con ella el tener una casa gratis, el COP 16 (la cumbre de NU sobre el clima) se acercaba y empezamos a implicarnos en algunas acciones relacionadas con ella...¿Y ahora qué? En un principio habíamos decidido ir a comunidades durante 15 días como observadores de derechos humanos, pero en el último momento cambiamos de planes y decidimos irnos a viajar por Guatemala quince días porque en realidad necesitábamos movernos y la visa había que renovarla en pocos días (y pensar que cuando nos dieron seis meses pensamos que nos sobrarían...).

A Javi le dejamos instalado en una casa que nos prestaron y que iba a ser compartida con los integrantes de Soulfire que la utilizarían como sala de ensayo. Nosotros nos marchamos rumbo a Quetzaltenango, Guatemala, sabiendo que en dos semanas regresaríamos a San Cris. Habíamos dejado muchas cosas pendientes y no éramos capaz de decirle definitivamente adiós. Con la tristeza de quien ha echado raíces en un lugar, le dijimos hasta luego.

Palo y Mikel

P.D: Podéis ver más fotos aquí

lunes, 20 de septiembre de 2010

San Cris: Parte 1

Por fin habíamos llegado. Estábamos en San Cristóbal de las Casas, un lugar que siempre ha estado en mente en nuestro viaje y sobre el cual muchas historias nos habían contado. Un lugar en el que nos apetecía echar raíces, aunque en nuestro viaje eso signifique tan sólo permanecer unos meses y encontrar un rincón que hacer nuestro.

Lo primero que sentimos cuando bajamos del autobús fue frío. San Cris, como se conoce por acá, está a 2200 metros sobre el nivel del mar y se nota. Un lugar rodeado de montañas cubiertas de pinos donde las nubes pasan a ras de suelo y las envuelven.

Tras un largo camino con el macuto a la espalda llegamos a casa de Constanza y Kal, una mexicana y un Surcoreano que comparten una preciosa casa a los pies de un cerro. Se conocieron gracias al Couch Surfing y gracias al CS los encontramos. Tuvimos suerte ya que nos tocó un cuarto estupendo para nosotros solos en una casa que parecía un chalé de la sierra de Madrid.

Como desde el primer momento tuvimos la intención de que Sancris iba a dar para largo nuestros primeros días en la ciudad nos los planteamos tranquilamente, sin dedicarnos a hacer turismo y simplemente empezamos a descubrir la ciudad poco a poco, planteándonos también de que manera nos queríamos quedar. Resultaba que además de nosotros, Pistacho y Laura (nuestros amigos de Palenque) también querían quedarse en la ciudad un tiempo y pensamos que entre Lucía, Mingo, ellos y nosotros tal vez podríamos alquilar una casa barata. Veíamos un patio en nuestros sueños. Pero para eso teníamos que buscarnos la vida aquí, así que cada uno empezó a buscar por su lado. Mientras más conocíamos la ciudad más nos gustaba. Documentales gratis, conferencias, conciertos cada noche, teatro, cursos, librerías interesantes, clases de yoga, salsa, reflexología o lo que fuera, bicicrítica, una infinidad de proyectos en los que poder participar, centros sociales y culturales... Todo en un ambiente muy interesante ya que en esta ciudad vienen a parar muchos viajeros que recorren el mundo como nosotros y que suelen quedarse aquí unas semanas, unos meses o unos años. Parada obligatoria para artesanos, músicos callejeros, activistas sociales y hippies buenrollistas. Uno siempre termina quedándose en San Cris más tiempo del que tenía pensado.

Nuestra búsqueda de algo a lo que dedicarnos aquí ganando algo de dinero, o sin gastar al menos cada se hacía más amplia. Desde ser camareros en una tetería-cine, hasta dedicarnos a vender pasteles por la calle o trabajar en un hostal por alojamiento. Por suerte no estuvimos muy presionados para decidir con el tema del alojamiento porque la vecina de Constanza y Kal, Bárbara, una chica austríaca que trabaja en una ONG local nos ofreció su linda casa durante una semana mientras ella estaba en la boda de un amigo en Monterrey. La suerte y la hospitalidad de la gente nos volvían a sonreir. Uno de esos días apareció Javi por San Cris, venía a pasar el finde ya que estaba viviendo en Tzajalá, un pequeño pueblo cerca de Ocosingo donde Marzo, un mexicano, chamán indígena y su esposa francesa Sylviane tienen un familiar proyecto de vida sustentable donde van a parar numerosos voluntarios y viajeros para echar una mano. Fue divertido darnos cuenta de que nosotros habíamos estado allá pocos días antes sin vernos y nos hubiésemos quedado si no hubiese que pagar, aunque poco, hospedaje.

Poco a poco nos dimos cuenta de lo difícil de encontrar una casa amueblada pero Mikel se dio cuenta de que una de las granjas de las que tenía contacto para trabajar por comida y alojamiento era la proveedora de la Casa del Pan, un restaurante vegetariano orgánico que ya habíamos visitado antes. Y preguntando nos dijeron que aceptaban voluntarios para trabajar media jornada en la huerta, que resultaba estar muy cerquita, por un riquísmo buffet orgánico y por cierto, con un pan que hacen allí mismo, delicioso. Así que fuimos un día y estuvimos trabajando con Alejandro y Esteban que están contratados. Nos enamoramos de la preciosa y enorme huerta en los cerros cercanos a San Cristobal, llena de verduras que no habíamos podido encontrar en todo México, y llena de flores y mariposas de todos lo colores. Más nos enamoramos aún cuando probamos la deliciosa y abundante comida de la Casa del Pan, así que nos propusimos dar la lata hasta conseguir trabajar en la huerta con algún tipo de trato que nos compensase. Porque por aquel entonces Barbara llegó de Monterrey y nosotros nos buscamos una habitación en una casa compartida.

Laura y Pistacho se habían mudado a una casa compartida en el centro en la que como dicen aquí, había muy buena vibra. Eran 7 pequeñas habitaciones y una cocina que daban a un pequeño patio con un lavadero que hacía de pasillo. Por poco dinero nos alquilamos una habitación y empezamos a compartir casa con un alemán profesor de yoga, un artesano mexicano y otro argentino, un carpintero artesano mexicano y con Laura, Pistacho y Lucía, que todavía no tenía muy claro que iba a hacer con su vida. Y aunque la casa nos encantó, no nos recibió muy bien que digamos. La primera noche ni siquiera la pudimos pasar en nuestra habitación porque estaba okupada por otros habitantes mucho más pequeños que nosotros. Las chinches malditas. Decenas de bichitos rojos chupasangre que inundaban la almohada. A Palo casi le da un ataque. Eso detonó en los días siguiente una guerra sin cuartel a las chinches que resultaba que se habían instalado en esa habitación hace unos meses y que por mucho que las hubiesen intentado eliminar siempre volvían a aparecer. Mientras Mikel fumigaba la habitación, sellaba la enorme grieta del muro que daba al jardín, desinfectaba sábanas y almohadas y hasta quemó con un soplete las rendijas de la cama donde dicen se esconden las chinches... Palo se apuntó a clases de yoga para no volverse loca. Al final parece que el soplete o el yoga hicieron sus efectos y las chinches no volvieron a hacer acto de presencia. Mientras Javi seguía viniendo los fines de semana de visita y cada vez nos conocíamos mejor los bares del lugar y la fauna que los frecuentaba.

También por esos días volvieron a aparecer Gema y Cris, que venían de Guatemala. Nosotros, después de pasar 2 veces al día durante semana y media por la Casa del Pan para preguntar por la señora Kippy, la dueña del restaurante que no nos había contestado a nuestro e-mails; pudimos hablar con ella y nos ofreció trabajar de lunes a viernes por tres comidas al día y un pequeño apartamento al fondo del restaurante. Justo lo que buscábamos. Además de poder disfrutar y aprender campo todos días, podíamos disfrutar de San Cristobal con riquísima comida gratis, viviendo en la calle principal de San Cristobal en un lugar que además es cine, un centro de terapias alternativas, un lugar donde hay clases de yoga, capoeira o clown entre otros, y muchas cosas más. Vamos, que parecía un buen sitio donde vivir.

Ya mucho más tranquilos por tener el horizonte de nuestro futuro despejado nos despedimos de nuestros compañeros de casa con los que habíamos compartido una semana y nos fuimos con Gema, Cris y Lucía, a Tzajalá unos días antes de mudarnos a la que sería nuestra nueva casa. Allí estuvimos con Javi y con otr@s much@s voluntari@s que estaban finalizando una especie de campamento en el que estuvieron haciendo diversos trabajos. Mikel estuvo ayudando a Javi a finalizar un deshidratador solar (para frutas, setas...) Palo estuvo trasplantando nísperos y aprendiendo un poco de botánica. Por la tarde disfrutábamos del río y de la tranquilidad del campo. Pero lo mejor de todo fue poder participar en un temazcal,una ritual que se realiza en una pequeña cabaña de ramas cubierta de mantas donde si introducen piedras calientes y mientras se disfruta de la sauna se canta, se tocan instrumentos y se suda, se suda mucho. Todo dirigido por Marzo, que es un chaman reconocido en la zona y que nos estuvo guiando a través de las cinco “puertas” que hay que pasar antes de poder salir. Fue muy duro (en ocasiones el calor y la humedad eran extremos) pero conseguimos terminarlo (muchos salieron antes del final) aunque salimos totalmente cubiertos de lodo que se formaba en el interior del inipi (así se llama ese tipo de cabañas) y con el que nos cubríamos para refrescarnos. Fue una experiencia muy bonita que tuvimos la suerte de poder realizar con nuestro amigos en un lugar tan mágico como Tzajalá. Al día siguiente, después de comer volvimos a regresar a San Cristobal donde nos esperaba nuestra nueva rutina. Un poco de estabilidad.

Palo y Mikel

P.D. Podéis ver más fotos aquí

jueves, 5 de agosto de 2010

Un imperio en la selva

Debían ser las seis de la mañana cuando llegamos a Palenque, porque justo comenzaba a amanecer y el cielo estaba precioso. Nosotros todavía teníamos el frío en el cuerpo del maldito aire acondicionado del autobús, que por mucho que te abrigues no te deja dormir agusto en todo el viaje. Habíamos llegado a Chiapas y el cambio era más que evidente. Las montañas, la caras de la gente, la vegetación... todo había cambiado, o por lo menos así lo sentíamos nosotros que sentíamos dejar atrás un periodo de relax y turismo en el popular mar Caribe.

El taxi nos dejó en la entrada de las ruinas de Palenque, donde se encuentra el Panchán, un singular lugar donde nos hospedamos y pasamos la mayor parte del tiempo que estuvimos en Palenque. Este mágico lugar situado en plena selva es un legendario punto de encuentro de artesanos, músicos, arqueólogos, bohemios y viajeros de todas partes del mundo. Cuenta con numerosos campings y cabañas (aunque hay una población estable que tiene casa), un par de restaurantes, tiendas de libros, un lugar de tatuaje tradicional, un temazcal. Un lugar donde conocer gente interesante, como por ejemplo a un grupo de músicos y malabaristas de todo el mundo que viajaban en un autobús (muy bonito decorado por cierto) que marchaba con aceite usado. O Laura y Juan Carlos (Pistacho para los amigos) una pareja de españoles bien maja con la que hemos seguido muy en contacto en San Cristobal de las Casas que hace una artesanía de lo más original reciclando cámaras de caucho. Nada más llegar nos pusimos a buscar la opción más barata y conseguimos que nos dejasen una cabaña de dos personas para los cuatro ubicada en una zona tranquila al lado de un río que como lloviese mucho podría inundarnos (como ocurrió la semana anterior a nuestra llegada). La mujer se reía diciendo que no cabríamos, pero si que cupimos. Muy apretados eso sí, pero felices pensando en los pesos que nos estábamos ahorrando.

Después de instalarnos y dormir unas horas nos fuimos de paseo a explorar la zona. La luz se filtraba en lo alto a través de las copas de los árboles que a veces se movían y dejaban ver la mancha negra de algún mono aullador. El verde se mostraba allá donde uno mirase y las mariposas de todos los tamaños y colores rompían como pequeñas gotas de color en movimiento el dominante cromatismo de la selva. Allá donde uno mirase podía ver muestras de vida: enormes sapos inmóviles que tan sólo mueven la papada, autopistas de trabajadoras hormigas cargando trocitos de hojas, flores de colores intensos siendo exploradas por ávidas abejas en busca de polen, larvas y gusanos descomponiendo las hojas podridas del suelo.

Ese mismo día bajamos al pueblo, una pequeña ciudad sin mayor interés, para aprovisinarnos de comida. Ah, porque el negocio del Panchán es que no hay cocina en ningún camping, así que la mayoría tiene que gastarse los cuartos en los restaurantes que hay. Estaba claro que el Panchán era el lugar donde merecía la pena estar.

A nuestro regreso, esa tarde tuvo lugar uno de los momentos más mágicos desde que estamos en México. Cuando empezaba a atardecer y el camping estaba en calma tres monos se acercaron desde las alturas donde viven a jugar en las ramas de un árbol. Extasiados viéndoles jugar saltando de rama en rama como el mejor acróbata, balanceándose con la cola y sus largos brazos y piernas (que casi no se distinguen unos de otros) nos quedamos un rato hasta que nuestro vecino de cabaña, un estadounidense que vive allá, se acercó poco a poco al más juguetón de todos y le alcanzó la mano. Y como un caballero el pequeño mono le estrechó la mano. Después se acercó Mikel, mientras poco a poco empezaba a llegar más gente curiosa que empezaba a desenfundar sus cámaras. De nuevo el mono estiró la mano y le estrechó la mano a Mikel. Un par de veces lo repitió, en una de ellas tirando de él como si quisiese llevárselo a las alturas. Esta fue la única vez que volvimos a ver a los monos de cerca. Los siguientes días tan sólo los escuchamos al amanecer aullando a pleno pulmón como si estuviesen enfadados con el sol por haberlos despertado.

Al día siguiente tocaba ir la las ruinas, la razón por la que la gente viene a Palenque. Centro del imperio de maya del rey Pakal. Ubicada en medio de la selva que se levanta oscura y amenazadora detrás de los templos, las ruinas de Palenque son de las más bonitas que hemos visto. El palacio real, la tumba de la reina roja y la del gran rey Pakal, el templo del sol... Y ocultas bajo el suelo de la jungla siguen numerosas construcciones que todavía no han sido desenterradas. Pasamos toda la mañana paseando, subiendo estos enormes peldaños hasta alcanzar la parte alta de las pirámides desde donde había unas vistas impresionantes, disfrutando de estas ruinas que quizás hayan sido las que más nos han gustado hasta ahora. Y además, mientras paseas por las ruinas puedes encontrar unas pequeñas caídas de agua conocidas como el baño de la reina donde también nos hubiese gustado bañarnos pero estaba prohibido. Al cabo de muchas horas salimos del recinto y todavía pasamos un rato en el Museo de Sitio, donde más detalladamente te explican la historia de Palenque y hay una copia increíble del sarcófago de Pakal (la original está oculta al público)

Todavía pasamos un día más en el Panchán, disfrutando de la música en directo y de la selva mientrás pensábamos cual sería nuestro próximo paso. Finalmente nos decidimos y todos menos Javi emprendimos camino hacia San Cristóbal de las Casas, uno de los destinos más esperados por nosotros. A Javi le dijimos solamente hasta luego, porque sabíamos que nos reuniríamos con él en poco tiempo. Y a Palenque le dijimos adiós con mucho calor, cogiendo un autobús que tras mucha subida y muchas curvas nos llevó hasta “San Cris”...

domingo, 25 de julio de 2010

Un palacio frente al mar

Una parada de una hora en Cancún fue tiempo más que suficiente para darnos cuenta de que no era nuestro sitio. Seguimos nuestro camino hasta Tulum, uno de los extremos de la Riviera Maya, uno de los destinos turísticos por excelencia.

Junto a este pueblo están las únicas ruinas mayas que existen frente al mar. A pocos kilómetros de la costa, este pueblo vive del turismo que viene a ver las ruinas o disfruta de uno de los numerosos hoteles en las playas que no tienen nada que envidiar a las de Playa del Carmen o Cancún. Sobre todo porque los hoteles aquí son relativamente pequeños, no pueden superar las dos plantas y por la noche suelen estar bastante muertos. Un rollo cabaña frente al mar que nos parece mucho más agradable que la locura de los resorts de pulserita y todo incluido.

En nuestra primera noche fuimos a parar a un destartalado hostal en la carretera que va al pueblo y que era de los más baratos. Además, ofrecían desayuno y una bicicleta por el mismo precio. Eso sí, el desayuno era una tortilla de peladuras de patata y a las bicicletas, a la que no le faltaba un pedal tenía la cadena rota o el manillar se le movía.

Por la mañana, con las capas de agua y bajo la lluvia que anunciaba un día negro, nos fuimos en búsqueda de un cenote que no quedaba muy lejos y por el que no había que pagar las cantidades astronómicas que te piden en los cenotes más conocidos. Porque el turismo se nota en los precios, y toda la península de Yucatán es más cara que a lo que nos tenía acostumbrados México.En este solitario cenote que tuvimos para nosotros estuvimos buceando y nos prestaron un kayak. Nada del otro mundo y volvía a empezar a llover. Parecía que Tulum no era nuestro lugar.

Cuando volvimos al hostal, empezamos a planificar nuestra partida hacia Chiapas...pero a Palo justo le llegó un e-mail con el correo de Mamen, una sevillana que vive en Tulum y que es buena amiga de una amiga suya. Nos dijeron que preguntásemos por ella en el Cositas Buenas, un bar del pueblo, y allá que nos fuimos. Aunque no estaba ella dejamos un mensaje. Finalmente la localizamos y enseguida nos ofreció su casa para quedarnos todo el tiempo que quisiéramos.

Mamen es una tía salá que llegó hace un par de años a un proyecto en Oaxaca pero las vueltas que da la vida hicieron que terminase en Tulum, con su novio percusionista artista y aprendiendo flamenco. Esa noche la pasamos en su casa, hablando y hablando entre cervecitas. Y hablando de sus aventuras, nos contó que los siete primeros meses que pasó en Tulum había vivido en lo que ella llamaba su palacio frente al mar, una pequeña cabaña sin luz ni electricidad a pocos metros del agua. Y sorpresas que da la vida, ese palacio se nos ofrecía para nuestro disfrute personal todo el tiempo que quisiéramos, nos había tocado la lotería. Y pensar que hacía unas horas nos queríamos haber marchado a Chiapas...

Con la ayuda de Mamen, fuimos hasta la playa donde nos instalamos en nuestro nuevo palacio frente al mar. Un mar de colores turquesas que siempre tenía la temperatura perfecta para bañarse. Con nuestras vecinas las iguanas, nuestros siguientes nueve días transcurrieron casi sin darnos cuenta en medio de una apacible rutina. Paseos por la playa, bañitos a todas horas, siestas en las hamacas, comidas preparadas con paciencia en el fuego de la hoguera, excursiones al pueblo en busca de agua y víveres...

Una de las cosas que teníamos ganas de hacer era ir a ver tortugas marinas, que por esta época salen de noche a desovar en las playas. Una experiencia muy bonita según nos habían contado y la única oportunidad para ver a una tortuga marina fuera del agua. Y resulta que cerca de Tulum está uno de los mayores santuarios de la tortuga marina, así que hacia allí nos dirigimos con la intención de pasar la noche buscándolas. Pero resultó que Xcalcel es un área muy protegida de entrada restringida (aunque nosotros no lo sabíamos) y enseguida nos pillaron el campamento que teníamos montado. Nos dejaron pasar la noche a cambio de no salir de la tienda en toda la noche y sobre todo no pasear por la playa. Esa noche llovió y nos la pasamos combatiendo el calor y los mosquitos en una tienda para dos personas en la que dormíamos los cuatro. Por la mañana amanecimos y nos quedamos con cara de tontos cuando vimos las decenas de hoyos excavados en la arena que habían dejado las tortugas que esa noche habían desovado en la playa.

En ese momento decidimos que no podíamos irnos de Tulum sin ver una tortuga, pero en los días que siguieron llovió constantemente y nos los pasamos leyendo, jugando al ajedrez y cantando para pasar el tiempo. Uno de estos días tormentosos nos dimos un homenaje cocinándonos un rico pescado en las brasas que nos supo a gloria.

Así que hasta unos días después no pudimos ir de nuevo en búsqueda de las tortugas. Pero la espera mereció la pena. Una noche, paseando por una de las bonitas playas de Tulum, no muy lejos de nuestra, casa encontramos unas huellas y cuando las seguimos dimos con ella. Una enorme tortuga caguama que ponía huevos en la arena. Unos minutos estuvimos viéndola emocionados y con los pelos de punta a la luz de la luna. Luego emprendió su camino de regreso al mar, arrastrándose a su lento ritmo para terminar desapareciendo con una blanca ola. Este es el ritual que estos animales en peligro de extinción han hecho durante miles de años regresando siempre por arte de magia a la playa donde nacieron. Pero cada vez lo tienen más difícil, porque a las tortugas no les gusta que las molesten en un momento tan íntimo, y el desarrollo urbanístico y turístico modifica las playas que ya no reconocen o las asusta con tantas luces y ruido y deciden hacer huelga de maternidad y no poner huevos. Nosotros fuimos testigos de este carácter cuando esa misma noche vimos a una tortuga que salía del mar y que unos turistas ignorantes de las normas para poder ver este evento la iluminaron unos segundos y la tortuga dio media vuelta y se volvió al mar sin poner un solo huevo. Una generación perdida.

Después de casi una semana en Tulum por fin habíamos visto a las tortugas, pero ya era jueves y no podíamos marcharnos sin ir ver el festival artístico en el que actuaría Tacón Flamenco, el grupo en el que baila nuestra amiga Mamen. Así que tuvimos que retrasar nuestra partida un día y nuestra última noche la disfrutamos bailando flamenco, escuchando música rock y viendo algún que otro espectáculo de malabares o teatro. Una alegre noche que nos dejó un buen sabor de boca cuando al día siguiente un amable camionero nos llevó hasta Chetumal, a 3 horas de allí, justo en la frontera con Belice.

Allí en Chetumal nos esperaba Alvin, al que habíamos conocido gracias al Couch Surfing y que nos hospedó a los cuatro. Esa misma noche, haciendo honor al sobrenombre de la ciudad: Chetubar; nos fuimos a tomar unas cervezas a casa de su hermana, donde se habían juntado unos amigos y nos echamos unas risas.

Al día siguiente queríamos ir a la laguna de Bacalar, a la que llaman la laguna de los siete colores, pero el tiempo no se puso de nuestra parte y estuvo lloviendo sin parar durante dos días. Dos días que pasamos en casa de Alvin, matando el tiempo como podíamos y saliendo con los pantalones remangados a comprar comida en la tienda de la esquina. ¡Madre mía como llueve en estas latitudes!. Al final parecía que nunca iba a salir el sol y decidimos irnos a Chiapas, pero tuvimos la mala suerte de que ya no quedaban plazas en el autobús, así que teníamos que esperar un día más.

La mañana siguiente empezó con una vibra diferente, como dirían aquí. Era el cumpleaños de Javi y comenzamos con un pastel, unas velas (bueno, un gran velón) y un Cumpleaños feliz. Nos dimos cuenta de que había salido el sol así que aprovechamos y nos fuimos a pasar el día a la laguna de Bacalar donde disfrutamos de sus aguas cristalinas y dulces en las que se podía apreciar su bonito degradado de colores.

Esa noche nos despedimos de Alvin y de sus amigos y también le dijimos adiós al Caribe y a la península de Yucatán, ya que tomamos un autobús que tras siete horas de viaje nos llevaría hasta Palenque, en Chiapas. Empezaba otra nueva etapa en nuestro viaje, en uno de los estados que más ganas teníamos de conocer.

Palo y Mikel

P.D: Podéis ver más fotos de Tulum aquí y de Chetumal y la laguna de Bacalar aquí